Cuando Madryn se quedó sin pan

En la cultura cristiana, el pan y el trigo simbolizan la fecundidad de la tierra, lo cual está asociado a un don de la divinidad. A tal efecto, los relatos bíblicos ofrecen permanentes referencias a un alimento que tiene la particularidad de estar emparentado con la Creación.

Por otra parte, la palabra «compañero» deriva etimológicamente del latín y podría traducirse como comer o compartir del mismo pan. De hecho, en las masivas movilizaciones que recurrentemente hacen grandes grupos de personas con los derechos vulnerados, la consigna colectiva es reclamar a los gobiernos por «pan, paz y trabajo».

Tales menciones podrían ayudar a comprender un acontecimiento de amplia repercusión ocurrido en la ciudad de Puerto Madryn -provincia de Chubut- y del que el último 19 de junio se cumplieron 40 años.

«Cuando Madryn se quedó sin pan» es la denominación popular que recibió una historia tan triste como desgarradora.

La guerra de Malvinas ya había finalizado y los jóvenes combatientes regresaban a sus hogares. En ese camino con escalas, llegaron a la mencionada ciudad portuaria de la Patagonia. Tenían hambre, frío y miedo.

Sin embargo, fueron recibidos con emotivas muestras de afecto y solidaridad. Al socializarse de boca en boca el arribo, gran parte de la población salió a las calles, llevando tiras de harina y trigo que compraron en el camino, vaciando así las panaderías.

Quien retrató ese épico momento fue una fotógrafa de la zona llamada Mabel Outeda. A sus 80 años de edad, recibió al Diario Jornada, un periódico local.

《(Los) Vi entrar (…) desde la puerta de mi casa. En ese tiempo, desde acá se veía el mar. Me fui al muelle pero no me dejaron pasar. Madryn estaba tomado por los militares. Entonces pegué la vuelta y me fui a lo que eran las barracas. Y fue allí donde empecé a sacar fotos.

(…)

Vimos a los chicos por primera vez en la parte de atrás de los camiones. Ellos querían comer pan. Tenían hambre, pero lo único que pedían era pan. “Queremos pan”, decían. Estaban asustados porque les habían dicho que el pueblo los estaba esperando para pelearlos. Que los iban a recibir mal. Después se dieron cuenta de que no era así. Y ellos mismos se juntaron con la gente del pueblo.

(…)

Cada vez que lo recuerdo me da mucha emoción. A ellos después los escondieron. Aunque yo les dije “ahora les toca a ustedes contar la historia”. Estaban muy desnutridos. Comían y no paraban de comer. Les tenías que decir “comé despacio que te va a hacer mal”. Algunos se comieron hasta 8 milanesas.

(…)

Había chicos con los uniformes con manchas de sangre. Después de un rato se soltaron y hablaron. Nos contaron historias que no podíamos creer.

(…)

Ellos se sentían culpables de haber perdido en las Malvinas. Tenías que hacerle entender que no, que no tenían la culpa. Que eran héroes, que habían dejado todo》.

La nota del diario está acompañada de aquel registro fotográfico y de una actual, que la muestra a ella sentada, sonriente y calma en algún lugar de su casa, mientras juega con su perro.

Mabel no tiene dudas de que aquel 19 de junio de 1982 tomó el mejor registro de su carrera. Su trabajo sigue siendo clave para seguir cultivando la memoria.

Y a veces, vale agregar, las historias más atroces llevan consigo la trayectoria de una reparación que transforma al despojo y la injusticia, en muestras de cariño, respeto y agradecimiento eternos.


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