Las ciudades invisibles

Al poeta florentino Dante Alighieri (1265-1321) le debemos la imagen, a modo de imaginario social, que se tiene del infierno: un lugar oscuro, hostil, que quema y genera tantos peligros como miedos. Esa iconografía, presente en La divina comedia, su obra cumbre, trascendió a la propia época y devino símbolo del concepto abstracto de la perturbación. (¿De qué otro modo podría haber sido representada?).

A juzgar por varios episodios tan tristes como repudiables que suceden en el planeta, hay quienes aseguran que el verdadero infierno sucede aquí y ahora, encontrándose entre nosotros.

Esas mismas voces ignoran que también, en esta inmediatez, acontecen situaciones de amor y reivindicación, acaso cualidades tan exclusivas y propias de la condición humana.

En 1944, hacia el ocaso de la Segunda Guerra Mundial, no parece haber sido casual que el filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980) haya escrito A puerta cerrada, una obra de teatro que se hizo ampliamente conocida por una cita que identifica a su autor: «el infierno son los otros».

¿Qué está queriendo decir tal expresión? Que la mirada ajena puede intimidar e incomodar hasta los límites de perturbar.

Años después, en 1972, el escritor Italo Calvino (1923-1985) narró Las ciudades invisibles, un texto que apela al fenómeno de la urbanización para rescatar a aquellas subjetividades que pasan desapercibidas o quedan silenciadas en la multitud.

Nadie está exento del abandono, la soledad, el sufrimiento, la muerte o el desamor. En esos infiernos cotidianos transcurre la existencia misma, debatiéndose entre ceder o resistir.

Si al decir de Eduardo Galeano, «no hay dos fuegos iguales», cabría agregar que tampoco sería posible hallar dos lágrimas idénticas.

Podemos llorar y hasta quizás sea por alivio o necesidad.

Pero estará en cada cual transformar el llanto de la carencia en el de la emoción por el milagro de saber que estamos vivos.

El diseñador gráfico argentino Pablo Bernasconi así lo comprendió y en su libro Finales se animó a mostrar, con tanta creatividad como elocuencia, esas ausencias que nos constituyen.


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