La cultura del engaño

El discurso de la meritocracia no debería simplificarse a meras relaciones de continuidad entre esfuerzos y recompensas.

Por el contrario, se trata de una ideología que expresada en múltiples dimensiones da sustento a la supuesta épica del neoliberalismo, disfrazando como justa una competencia desigual: llegan más lejos los que están mejor posicionados en esa carrera de obstáculos que ni siquiera deja comenzar a los grupos excluidos.

Aun así, hay algo más perverso aún: los mensajes contradictorios. En la Argentina de los 90, por caso, gobernó una fuerza política que fue funcional a los grandes monopolios, contando con asesores de marketing dispuestos a firmar contratos para organizar obras de beneficencia, cuyas intenciones eran paliar la pobreza que sus propios dirigentes fomentaban al establecer acuerdos con empresas multinacionales, las cuales prescindían de trabajadores obsoletos para el sistema de la oferta y la demanda.

En esa misma lógica, y más acá en el tiempo, gana cada vez mayor espacio el merchandising de la autoayuda. Libros, cursos y paquetes de soluciones mágicas, se presentan como facilitadores para evitar el sufrimiento.

La urgencia hace que cientos de miles de personas vulnerables compren las promesas que les venden y crean que si están mal es por su culpa, como si la depresión fuera una libre decisión de alguien que así como elige estar mal puede estar mejor si se esmera en lograrlo.

La falacia del neoliberalismo consiste en hacer competir a todos (incluyendo a quienes niegan someterse a esas condiciones) para detectar ganadores y perdedores en una fórmula que selecciona premios y castigos.

Los que vencen (muy pocos) son utilizados para mantener el status quo. Quienes pierden (la mayoría), atraviesan una doble humillación: la de no poder llegar a la meta y la de tener que aceptar el diagnóstico de enfermedades que muchas veces se curan consumiendo psicofármacos.

De todos modos, siempre puede haber algo peor. Por momentos da la sensación de que todos los secretos no han sido revelados, creciendo la sospecha de que un Gran Hermano nos vigila. ¿Pero cuál? Mientras el de Orwell proponía escapar, el de la TV alentaba lo contrario.


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