Ramona

Tenía 42 años y era referente barrial del colectivo la Garganta Poderosa en la Villa 31.

Contrajo Covid-19 por falta de agua durante 12 días seguidos.

Su persistente, indignado y conmovedor reclamo se viralizó, quebrándose hasta las lágrimas.

Falleció a causa de dos virus: el pandémico, brutal e intempestivo; y el de la desidia de la clase dirigente, inepta para ofrecer alternativas ante las urgencias, siendo dueña de una indiferencia social que es tan nociva como dañina.

Ramona Medina, insulinodependiente, se fue de este mundo dejando a su marido, dos sobrinos a quienes criaba y dos hijas, una de las cuales tiene discapacidad múltiple.

(¿Qué habrá sido de todos ellos sin su presencia?).

Su lucha y entrega es bandera en un lugar postergado, donde la exclusión deviene norma y sus ciudadanos se entregan a la resignación o la expectativa de algún que otro milagro.

Hay veces en que las grandes revoluciones no son protagonizadas por las personas sino por los pueblos.

Que Ramona tenga un monumento es símbolo de un sector de la sociedad capaz de reconocerla como líder de una denuncia que no cesa; y su rostro pixelado en piezas de mosaico muestra que la integridad subyace entre un dolor fragmentado.

A un año de su adiós, Ramona nos enseña que se puede vivir de muchas maneras aún después de fallecer.

📸 1= @ mosaiconacional (Instagram)


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s