La fiesta es sólo de la FIFA

Pasaron algunas semanas del sorteo de un nuevo Mundial de Fútbol que se jugará en Qatar, desde el próximo 21 de noviembre hasta el 18 de diciembre inclusive.

Mucho más tiempo tiene la organización que guía los destinos del deporte súper popular del planeta.

Situada en Zurich, capital de Suiza, la Federación Internacional de Fútbol Asociado se creó el 21 de mayo de 1894. En 117 años de historia tuvo solamente nueve presidentes, repartidos de la siguiente manera: ocho europeos (dos franceses, tres ingleses, un belga, dos suizos) y solamente uno del continente americano (el brasileño João Havelange, quien gobernó desde 1974 hasta 1998). A esta lista podría agregarse al camerunés Issa Hayatou, cuyo interinato duró apenas un año, tras los escándalos de corrupción que sacudieron a la Casa Madre del fútbol en 2015.

El mandatario que mayor tiempo duró en el cargo fue Jules Rimet: bajo su tutela (1921-1954) se creó la Copa del Mundo, jugada por primera vez en Uruguay, 1930. Segundo, el mencionado Havelange, con 24 años como dirigente principal; y tercero, Joseph Blatter, liderando durante 17 temporadas su reinado, cuyo imperio cayó abruptamente a partir de episodios de corrupción que incluyeron espionajes y profundas investigaciones que llegaron a los estrados judiciales.

Tras el temblor, asumió otro suizo: Gianni Infantino, quien a principios de 2023 irá por su tercer mandato consecutivo.

La primera lectura que surge es el estilo de conducción de una de las multinacionales más importantes del mundo: monárquica y monopólica, concentra gran poder en pocas manos. A tal efecto, durante los últimos 48 años (esto es, casi medio siglo) solamente gobernaron tres presidentes.

Asimismo, se trata de una organización que aparece continuamente salpicada por actos sospechados en su falta de transparencia.

De Havelange para aquí, el fútbol creció exponencialmente como producto. Se instaló en cada sector del mundo a partir de estrategias que resultaron preferentemente comerciales antes que deportivas, ampliándose su difusión desde las diversas competencias que se crearon: más copas, más partidos, más países, más clubes, más selecciones, más torneos juveniles, más mujeres participando. Así hasta saturar el calendario y hacer que la pelota ruede todos los días de la semana, no sólo los domingos, su día histórico y por excelencia.

En 1974, la Copa del Mundo todavía tenía 16 participantes, pasando a 24 en España 1982 y manteniendo ese número hasta Estados Unidos 1994. Desde Francia 1998, la disputan 32 selecciones. Y a partir de Norteamérica 2026 serán 48 aspirantes los que disputen la máxima cita del fútbol. Más participantes, menos calidad; más negociados, menos belleza.

Las leyes internacionales como el caso Bosman -un futbolista belga que en 1995 apeló a un recurso de amparo para que lo habilitaran a trabajar en otros países del Viejo Continente sin ocupar plaza de extranjero por pertenecer a la Comunidad Europea- favorecieron la emigración de futbolistas de los sectores más postergados del mapa: Sudamérica y África poblaron de futbolistas a los clubes europeos, muchos de los cuales cuentan en el plantel profesional con un mínimo porcentaje de representantes nativos de su lugar de origen.

En este escenario que tiene vigencia desde hace un par de décadas, la FIFA expuso sus propias contradicciones sin tapujos: cada vez más poderosa, se muestra inclusiva; en tanto institución comprobadamente corrupta, apuesta a la bandera del Fair Play; buscando mayor competitividad, favorece las desigualdades en las que crece como nunca la hegemonía de Europa (tanto a nivel de clubes como de selecciones).

El próximo Mundial de Qatar es de las polémicas.

La sede fue elegida en diciembre de 2010, cuando se anunció excepcionalmente qué países organizarían las Copas de 2018 y 2022, algo que nunca había ocurrido antes, cuando las votaciones se definían de a uno por vez y no dos al mismo tiempo.

Desde el momento inicial, quedó instalada la duda de que existían alianzas y acuerdos clandestinos para que la votación se inclinara en beneficio de los países elegidos.

Debido a razones climáticas, se resolvió que, por primera vez en la historia, el torneo con anfitrión qatarí se jugara entre noviembre y diciembre, en medio de las competencias europeas, epicentro donde se desempeña la mayoría de los futbolistas que participarán del Mundial.

Los protagonistas llegarán con una semana de anticipación y deberán volver a sus clubes pocos días después de terminar la presencia de sus seleccionados.

En todos estos años de preparación, se crearon y acondicionaron estadios con el patrimonio de los petrodólares aportados por los jeques, una obscenidad si se tiene en cuenta que -según datos oficiales del Banco Mundial- actualmente casi la mitad de la población total del globo tiene dificultades para satisfacer sus necesidades básicas.

Más obsceno aún es que alrededor de 6 mil trabajadores hayan perdido la vida trabajando para la causa de la Copa desde que se anunció a Qatar como sede.

Ante este panorama, poco queda por decir de esa glamorosa fiesta que se celebró recientemente, con caras de sonrisas fáciles ante la parafernalia de dirigentes que sólo pretenden acrecentar sus arcas.

Aunque Infantino pregonó organizar un Mundial cada dos años, la iniciativa no tuvo ecos. Al menos por ahora, quizás quede algo de un espíritu amateur latente para no desnaturalizar el suceso que si todavía guarda mística es porque tiene lugar cada cuatro temporadas.

No es novedad afirmar que, desde hace mucho tiempo, el show del fútbol se parece más a la frialdad del empresario calculador que a la pasión del aficionado promedio. Y en tal sentido, la FIFA es esa fiesta a la que muy poca gente -casi nadie, aunque se esmeren en hacer creer lo contrario- está invitada.

Foto: TyC


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