Devoción

Hace unos meses, al ser consultado sobre cómo es la vida sin él, Jorge Valdano -compañero en la Argentina Campeón del Mundo en México 86- manifestó que Maradona era una persona tan ruidosa que cada día se hacía más incómodo soportar su silencio.

Por estas horas, al cumplirse un año de su muerte, distintos lugares del mundo rinden tributo a una persona que surgió de muy abajo y se cayó del cielo. Alguien que brilló como nadie en la práctica del deporte más popular del planeta, aquel que llena estadios y atrapa a multitudes, y que venera a sus estrellas al punto de categorizarlas como seres superiores.

Maradona fue considerado «D10s» en un juego de palabras que une al ser supremo con el número emblemático de su camiseta; y tal vez, como decía Eduardo Galeano, el fútbol comparte con la religión el hecho de contar con la devoción de los fieles y la desconfianza de los intelectuales.

Podría asumirse, entonces, que si por tradición América Latina crea dioses; EE.UU., superhéroes de exportación; y Europa, mitos que explican las bases de la cultura occidental; Maradona reunió esos estereotipos en una sola persona: fue idealizado como un ser elegido llamado a generar milagros para reivindicar a sociedades postergadas, un superhéroe que en el simbólico campo de batallas todo lo podía, y un mito en sí mismo que, aún con sus miserias y defectos, habita en la memoria popular.

Fernando Signorini, su histórico preparador físico y sostén emocional, hizo una distinción entre «Diego» (ser humano humilde y solidario) y «Maradona» (personaje que construyó sin permitirse ninguna debilidad para enfrentar la presión). La distancia podría ser mayor si en los extremos se posan «Pelusa» (pibe de Villa Fiorito, hijo de Chitoro y Doña Tota) y «D10s» (la constelación del ídolo al que todo se le perdona), porque en esas denominaciones sucede el recorrido del héroe, con surgimiento, exilio, auge, caída, regreso y trágico final.

Para los argentinos, Maradona tuvo esa influencia magnética sobre las masas que tanto caracterizó a Perón y el liderazgo revolucionario que consagró al Che Guevara. Fue Superman en la Selección y en el humilde Napoli del sur de Italia. Tuvo muertes y resurrecciones como Jesús; y se autodestruyó como Sócrates hasta dejarse partir.

Inspiró libros, películas, series de TV, murales, esculturas y canciones. Es una continua usina que invita a la admiración, el debate, los repudios y también las reivindicaciones. Un cúmulo de contradicciones que lo convierten en el más humano (sucio, vicioso, polémico, devorador, poderoso) de los dioses.

Supo reinventarse más allá de un campo de juego y sigue estando vivo en una memoria popular que no cede ante una presencia magnética muy difícil de dejar para que descanse en paz.

Maradona, preso de la fama, todavía está sujeto a ella desde un más allá al que todos -devotos y detractores- llegaremos alguna vez, aunque sin lugar a dudas con mucho menos eco ante los gritos de desolación que hacen vibrar a varias regiones del planeta.


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