Señor Marzolini

Cuando era muy niño y aprendía a leer con la extinta revista El Gráfico, solía preguntarle a mi padre por futbolistas de mi cuadro que habían jugado en otras épocas, lejanas en el tiempo.

Un día, la sobremesa puso en escena el nombre de Silvio Marzolini.

«Un señor», me respondió mi viejo.

Hablaba de otro fútbol, uno que se jugaba muy en el pasado, cuando los protagonistas (sin tatuajes ni cuerpos marcados) duraban varios años en un mismo club y las figuritas de los álbumes permitían a las nuevas generaciones relacionar repetidas caras con equipos y colores.

Desde aquel primer interrogante fundacional hasta el preciso momento en que escribo estas líneas, pude reconstruir quién fue Marzolini.

Por empezar, un futbolista único, de esos que trascienden a su propia camiseta y gana la admiración de todas las hinchadas.

Jugó en Boca durante largas 13 temporadas (desde principios de 1960 hasta finales de 1972, luego de un paso inicial por Ferro en 1959), fue campeón en varias ocasiones y formó parte de una era dorada para la institución, compartiendo campo con otros emblemas como el sobrio portero Antonio Roma, el caudillo del mediocentro Antonio Rattin y el habilidoso Ángel Clemente «Rojitas».

Además de ser pintón (rubio y de ojos claros, algo ciertamente inusual en su contexto), era fino y elegante, de esos virtuosos que recibían el balón, lo controlaban, alzaban la mirada y hacían el pase limpio para proyectarse a partir de una prolija salida. Se destacó en un puesto periférico donde nunca han abundado cracks: un defensa lateral izquierdo que además de marcar sabía ir al ataque. 

Probablemente, para comprender su dimensión, haya tenido cualidades que décadas después (a mediados de los 80, todos los 90 y los primeros años del siglo XXI) se encontraron en el italiano Paolo Maldini, gloria del Milan en el mismo puesto.

Marzolini fue un hombre de perfil bajo, humilde y medido; dicen que, también, algo gracioso.

Antes de que tomaran la posta otros futbolistas consagrados con la casaca de la Selección, simbolizó el orgullo nacional al ser consagrado como «el mejor N° 3 del Mundo» en la Copa de Inglaterra 1966.

Por eso fue de todos.

Luego, dirigió al memorable Boca que ganó el Metropolitano de 1981, con la presencia estelar de un joven y fresco Diego Maradona. Quiso repetir en 1995 pero ya nada era lo mismo: ni él (ya había sido intervenido en una delicada operación del corazón), ni el ídolo que regresaba (de errante último paso), ni el club (en proceso de reconstrucción antes de su etapa más ilustre).

Estuvo a cargo de las divisiones juveniles de Banfield, donde se lo recuerda con cariño.

Tuvo vocación docente.

Cultivó fidelidad y decencia

Siempre así, hasta que su llama se apagó en silencio.

El último viernes 17 de julio, partió como llegó.

Una cruda enfermedad, a los 79 años, lo dejó en el camino tras padecer algunos otros problemas de salud.

De todos modos,  supo sembrar huellas importantes.

Silvio Marzolini (1940-2020), de ayer a hoy.

Siempre un caballero.

 

Marzolini

 

 


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