Aberraciones

Gran parte de las innumerables crisis del país podrían encontrar alguna alternativa si se privilegiara el derecho de la educación.

Muchos funcionarios ocupan su cargo sin estar preparados para un ejercicio de enorme responsabilidad, que implica entre muchas otras aptitudes: preparación, conocimiento y capacidad de gestionar en la adversidad.

A una de las personas más brillantes -sino la más- que tuvo el Ministerio de Educación de la Nación en su historia reciente (esto es, desde el retorno de la democracia a nuestros días) la dejaron ir. Por experiencia, formación e idoneidad, Adriana Puiggrós (especialista en asuntos de pedagogía) reunía todos los requisitos para la toma de profundas decisiones en uno de los roles preponderantes del Estado. La versión oficial de su salida maquilló el cimbronazo de su adiós: en agosto, con apenas 8 meses de trabajo, renunció porque sus necesarias intervenciones no tuvieron lugar.

Sin ella, la estructura (desmantelada, abandónica y errante) de los sistemas educativos quedaron en manos de tecnócratas, más ocupados en medir la cuantificación de los aprendizajes que en la cualificación de sus demandas.

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires, bastión preponderante que mide fuerzas en la política nacional, tiene como Ministra de Educación a Soledad Acuña.

¿Docente? No. Licenciada en Ciencias Políticas.

¿Con alguna especialización en materia educativa? Tampoco. En su CV figuran estudios vinculados al ámbito de la economía.

¿Cómo llega una profesional de tales credenciales a ocupar un puesto que requiere-como ya se ha mencionado- la aguda pericia de quienes conocen del asunto?

Hace unos días se despachó con declaraciones que humillan y estigmatizan a los propios docentes que debe defender. Los trata de fracasados, pobres, sin vocación ni ética profesional, salidos de esos Institutos Superiores de Formación Docente que están en el espectro de su tutela.

¿La Ministra pensará que si un docente repudia sus dichos también está «bajando línea política»?

En esa doble moral, la aspiración de neutralidad es, acaso, más peligrosa que defender abiertamente convicciones, algo que se aprende en cualquier carrera docente.


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