La polémica del terraplanismo

Al margen de las discrepancias que genera su figura -promotor de una aventura que para una parte del mundo es conquista y para otra una invasión- hay que reconocerle a Cristobál Colón (1451-1506) la cualidad de ser un visionario; esto es, alguien que valiéndose de los conocimientos imperantes de la época decidió encabezar una expedición hacia otros continentes.

Su sólida formación en lo que serían muy pronto las incipientes ciencias del momento (nociones de matemática para los cálculos de las distancias, física para los movimientos en el cielo, biología para estudiar asuntos de alimentación y preservación de los cuerpos en un viaje tan extenso, química para componer el material de barcos resistentes a distintas temperaturas) lo convirtieron en un navegante extraordinario, con criterios para la creación y ejecución de un plan sumamente complejo, con viajes marítimos a gran escala que no se habían realizado nunca y que requirió de la tecnología para fabricar embarcaciones capaces de soportar inclemencias y vicisitudes.

El espíritu de la época tenía mucha incertidumbre al respecto.

No era fácil llevar a cabo un objetivo como tal cuando había muchas amenazas y peligros, siendo el lugar más común el riesgo de vida de toda la tripulación.

Sin embargo, el clero y la nobleza lo tenían muy en claro: alguien tenía que salir en busca de nuevos mundos para prolongar su hegemonía. Ellos asumían los gastos y tenían hombres a disposición para hacer el resto.

Aún no estaban desarolladas ideas posteriores atribuidas a Nicolás Copérnico (1473-1543) y Galileo Galilei (1564-1642), pero Colón estaba convencido de que la Tierra no se encontraba sostenida por animales como elefantes y tortugas (tal lo que se comentaba) ni que era plana. Jamás se caería a ningún precipicio. A algún lugar del planeta -cuya etimología nada tiene que ver con la palabra «plano»- llegaría.

No fue a las Indias, tal como creyó en su momento, sino a lo que luego se conoció como América.

La historia universal siguió su rumbo y fue contada según intereses partidarios; pero ése es otro asunto.

Los viajes de Colón consolidaron fuertemente la idea de que la Tierra es esférica, algo que terminó de confirmar la ciencia -surgida como tal hacia el siglo XVII, apelando a observaciones y experimentaciones, con el uso del telescopio como particular elemento-.

Los siglos XVIII y XIX volvieron cotidianos los viajes de uno a otro continente y lograron explorarse otros (Asia, África, Ocenía). La cartografía se perfeccionó y los viajes en globo aerostático formaron parte de la evolución, con lo cual -una vez conocido el propio planeta- la misión fue dar un salto más.

Ya en el siglo XX se realizan los primeros vuelos transatlánticos -de Estados Unidos de Norteamérica a Londres, fechado en 1919 y hecho por etapas, aparece como travesía imaugural-. Y en 1969, uno de los hitos más recordados para la humanidad: la llegada del hombre a la Luna.

Este progreso en la ciencia creció a la par del periodismo, que informó sobre tales sucesos y dio crédito a ideas de los sectores de poder. En otras palabras, no solamente ayudó a difundir las investigaciones científicas sino que también instaló versiones unívocas sobre determinados sucesos, algo que fue creciendo a la par de un conjunto de teorías periféricas -llamémosle conspirativas- decididas a poner en duda lo que aparecía como legitimado, cierto y verificado.

Es en este contexto que entran en juego las posiciones del terraplanismo, un movimiento que tiene antecedentes muy lejanos en la Antigua Grecia -Pitágoras, Aristóteles- y vuelve a revisarse hacia el siglo XIX con los aportes del científico británico Samuel Birley Rowbothanm (181-1884), quien apoyándose en pasajes de la Biblia justificó su idea de que la Tierra era plana.

Pero lo que llama la atención es que contemporáneo a los viajes espaciales y con muchas más pruebas y estudios que antes, se haya creado en 1956 la Flat Earth Society (Sociedad de Tierra Plana), una organización anglo-estadounidense con sede en Los Ángeles.

El principal fundamento de estos autores consiste en señalar que a grandes extensiones de distancia hay monumentos o ciudades que se ven con ayuda de instrumentos ópticos o satélites, sin que se advierta curvatura alguna. Por ejemplo, Buenos Aires (Argentina) y Colonia (Uruguay) se pueden percibir mutuamente y con nitidez.

Asimismo, estos divulgadores señalan que las fotografías de instituciones reconocidas como la NASA engañan al ojo humano, pues crean la ilusión de una realidad esférica que no existe como tal.

Dicho lo anterior, conviene tener en cuenta algunas consideraciones que surgen a modo de preguntas:

  • ¿Pueden estar mintiendo científicos reconocidos que destinan sus esfuerzos en demostrar algo contrario a lo que supone el discurso dominante?
  • ¿Hay que desacreditar ese tipo de propuestas alternativas, teniendo en cuenta que otros investigadores que se resisten a este movimiento de alguna manera legitiman la palabra del discurso oponente para demostrar que están equivocados?
  • Y si toda cambio científico va acompañado de revoluciones filosóficas y culturales, ¿qué implicaría que se demostrase esta teoría, lo cual dejaría sin efectos un paradigma que tiene poco más de cinco siglos?

El debate está planteado.

Antes de aceptarlo o desecharlo, conviene analizarlo.

En el peor de los casos, nace una polémica que podría quedar abierta para siempre, mientras haya humanidad.

 

Terraplanismo

 

Globo

 

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