Vidas que se cruzan

Nunca me voy a olvidar de aquella fría mañana de martes, en pleno invierno, cuando todavía no había salido el sol y apenas comenzada la clase de Filosofía, uno de los estudiantes de una escuela pública donde trabajo, me preguntó si le tenía miedo a la muerte.

Tampoco se irán de mi memoria los minutos que siguieron a aquel interrogante, situación que motivó a una joven para que compartiera la novedad que desconocían sus pares: en el barrio estaban por inaugurar un mural en homenaje a su hermano, fallecidos en un accidente tiempo trás. La piba socializó el boceto: una imagen de la víctima con la metáfora de las alas tras su espalda y en un contexto que emulaba al cielo. Ella contó, además, que iba a estar presente, como invitada especial, una mujer que había recibido sus órganos para seguir viviendo.

De aquella clase lo recuerdo todo, incluso la reflexión de alguien que, a partir de su intervención, decoró de algún modo un debate existencial: se puede vivir de muchas maneras, incluso en el recuerdo de los demás.

Traigo a colación estas evocaciones porque están íntimamente asociadas a una tragedia que por estas horas enluta a la ciudad de La Plata: María Soledad Navarro (45), su pareja Pedro Billordo (42) y Lupe (6), la pequeña hija de ambos, fallecieron en un accidente el pasado domingo 1 de enero, en la Ruta 29, kilómetro 222, a la altura de Casalins, provincia de Buenos Aires. Volvían en una camioneta jeep desde Punta Alta, cuando chocaron de frente contra un camión Scania. Según las pericias, la familia murió prácticamente en el acto.

Desde que se dio a conocer la noticia, innumerables testimonios de consternación, afecto y solidaridad, se viralizaron por las redes sociales, lo cual puso en evidencia lo querida que era la familia, fundamentalmente Soledad, docente de la Facultad de Periodismo de la UNLP.

La gran mayoría de los usuarios no dudó en describirla como una persona maravillosa, humilde, cálida, amorosa y llena de luz. Si las primeras e inmediatas muestras de empatía confluyen esas manifestaciones, significa que el rasgo más saliente de la personalidad tiene que ver con esos atributos.

A Sol -como la llamaban todos- la conocí durante la pandemia, más precisamente en el segundo semestre de 2020. Fue en el contexto de un Congreso que organizó su Facultad. Yo participé como ponente y ella estaba de coordinadora en la mesa temática sobre deportes. El encuentro había sido por Zoom y en todo momento ella estuvo muy atenta para valorar los esfuerzos de los participantes, haciendo devoluciones que no todos los miembros evaluadores tuvieron la voluntad de ofrecer.

Mantuvimos el contacto hasta el año siguiente, cuando le planteé dos inquietudes: una personal y otra administrativa sobre el Congreso. En comunicación por videollamada, Sol se mostró muy atenta ante una observación que hice y dispuesta a ayudarme para concluir el trámite de mi participación, algo que por razones ajenas a mi voluntad no se había podido concluir. En ese diálogo, ella se disculpaba por tener en la falda a su inquieta hija, de por entonces 4 años de edad.

Quedamos en continuar hablando para futuras propuestas académicas y culturales. Le dije que le iba a avisar sobre la presentación de mi libro de entrevistas (de próxima publicación) y ella hizo lo propio contándome de un proyecto sobre la vida de Mariano Galván, un destacado montañista oriundo de mi ciudad natal Trelew, fallecido en su última aventura cuando escalaba uno de los picos más altos del Himalaya, en Pakistán, junio de 2017. Sus restos fueron hallados recién al año siguiente.

Sol me preguntó si lo conocía, dado que con el teníamos en común orígenes y aproximadamente la misma edad. Le dije que no, pero quedé en interiorizarme sobre su vida.

Recién indagué hoy, cuando gugleando di con la emotiva crónica -que incluye testimonios de Elba y Marisol, madre y hermana de Mariano Galván, respectivamente- escrita por Miguel Velardez para la extinta revista Brando en 2019.

Sobre el final del texto, se lee esta declaración casi profética de Galván:

«Uno sabe que la muerte le va a llegar de alguna forma. De eso nadie escapa. Lo que pasa es que, a veces, esto produce más ruido de lo que tendría que ser la muerte. Estamos en una cultura en la que se sufre mucho la muerte; si vemos otros lugares en el mundo, los velatorios son totalmente distintos, un lugar donde se recuerda a la persona, no te digo que todo es alegría, pero se lo recuerda con anécdotas, con una sonrisa. Aquí, se vive de una manera muy trágica la muerte y todo lo asociado a ello, con mucho sufrimiento. Si bien hay dolor en la muerte, pero se le agrega mucho sufrimiento, mucha carga emocional. Entonces, cuando pasan estas cosas en la montaña, sabemos que nadie está exento, sabemos que en la ruta también te puede pasar. Nadie está exento de un accidente. Creo que nadie es consciente de los elementos que te están atacando y acechando día a día. Lo que pasa es que cuando vas a la montaña, muchos dicen este estaba tonteando, y uno estaba haciendo lo que le gusta, y podés sufrir un accidente como te puede pasar en cualquier lugar».

(QEPD, Sol y familia; desde Trelew, Chubut, van mis condolencias a sus afectos).

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