Argentina Campeón del Mundo (18.12.2022)

En 1789, la Toma de la Bastilla en París inició una nueva era. Aquella Revolución Francesa que impulsó la burguesía, sentó nuevas bases para los derechos humanos y del ciudadano, garantizando igualdad, libertad y fraternidad entre los hombres (tomado así, a la vieja usanza y en sentido genérico, algo que hoy aparece deconstruido; en parte, por ese mismo legado).

Desde entonces, sucedió una serie de transformaciones que incluyó, entre muchas otras, el surgimiento de las naciones. Por eso mismo, hay Mundiales de Fútbol, que son acontecimientos superlativamente trascendentales al universo deportivo, y que mide las fuerzas de los países en enfrentamientos seguidos por las multitudes. Salvando las distancias, una metáfora de las guerras.

Para hacer más extraordinaria la batalla -que incluye dimensiones políticas, sociales, culturales-, se cantan los himnos antes de los inicios de los partidos, con cada equipo formado al lado de su bandera y al costado del trío arbitral, esa suerte de Leviatán que impartirá justicia.

Los Mundiales son así. Presentan situaciones conmovedoras de altísima repercusión, pasiones encendidas y hasta realidades insólitas.

La final de la Copa de la FIFA 2022 se jugó en Qatar, un país de ficción en el desierto, construido por petrodólares y con costumbres que inspiraron tomar la Bastilla hace casi dos siglos y medio. Fue disputada por Francia -el país de los derechos humanos que en su plantilla tiene 14 afrodescendientes de un total de 26 convocados- y Argentina -el país que, para sorpresa del Washington Post de Estados Unidos de Norteamérica, no tiene población africana entre sus integrantes-.

En Francia y otros países industrializados el problema social está asociado a la raza. Hacia 2011, su federación de fútbol intentó impedir que personas nacidas y criadas en su país, pero descendientes de orígenes distintos, representaran a la Selección. El argumento era una falacia: algo así como velar por la integridad de personas que son discriminadas injustamente. La idea no prosperó y en Les Bleus, donde brilló Zinedine Zidane (hijo de argelinos), hoy se destaca Kilyan Mbappé (de padre camerunés y madre argelina).

El caso argentino es muy distinto: como en otros países de América Latina, el gran conflicto sucede en cuanto a las clases sociales; pero a diferencia de Brasil -el país con mayor cantidad de afrodescendientes en el mundo-, Haití, República Dominicana, Cuba, Colombia, Venezuela y Perú (los que le siguen en número), su población es predominante blanca. Una de las razones que explican tal realidad se debe a las numerosas oleadas inmigratorias que se sucedieron luego del período independentista de principios del siglo XIX; también, a que los pocos afrodescendientes los mataron en la guerra de la Triple Alianza (1864-1870), con lo cual, al no haber plantaciones de algodón ni minas para explotar, prácticamente la población negra y esclava era inexistente. La indignación del Washington Post, medio masivo norteamericano que expuso esta realidad hace unos días, debería haber tenido en cuenta algunas consideraciones sociohistóricas que omitieron apelando a más impunidad que ingenuidad.

Y en este fútbol globalizado, de los denominados clubes-Estado, asoma un colonialismo neoliberal, obsceno y suculento, según el cual los petro-dólares son dueños de instituciones históricas. Una sociedad como la qatarí, tan patriarcal como conservadora, con derechos humanos suspendidos, negados u ignorados, tuvo un Mundial para la historia, con la final más espectacular de todas, enfrentando a sus dos máximas figuras: Lionel Messi y Kilyan Mbappé, futbolistas del PSG que está bajo dominio de los grandes jeques.

El primer tiempo de Argentina fue una exhibición colectiva, de juego asociado y contundencia, creatividad y presión constante. Messi, de penal, y Di María de contra, con una descollante actuación que lo confirmó como un intérprete de élite (aceleración, pausa, gambeta, remate de media y larga distancia, definidor exquisito), parecieron sellar una ventaja indescontable. Ese 2-0 al descanso tuvo un principio de incertidumbre, porque la reminiscencia indicaba que el equipo de Scaloni impuso esa ventaja en todos los partidos del Mundial, excepto en el fatídico debut frente a Arabia Saudita.

Ningún equipo del mundo puede dominar los 90 minutos. Francia tomó nota y emparejó el trámite con un Mbappé encendido, con la sangre en el ojo, despertando de un letargo en un puñado de minutos que puso paridad a 15 minutos del final.

Golpe por golpe, con intensidad y sufrimiento, ninguna selección especuló.

Scaloni, de gran pragmatismo y graduado como estratega, con varios cambios de esquema de partido a partido, cometió un error al reemplazar a Di María, a quien había pensado sorpresivamente como extremo izquierdo para desnivelar ante el lateral derecho francés sin oficio para la salida.

En el alargue, pudo estar para cualquiera.

Argentina recuperó el protagonismo, se defendió haciendo circular la pelota pero sin abusar de la tenencia, logró autodeterminación para tomar la iniciativa, consiguiendo oxígeno a partir de algunas modificaciones que tuvieron aire para el suplementario: Acuña, al reemplazar a Di María, se paró más retrasado, logrando ganar superioridad numérica en el medio; Montiel no entró bien pero la idea de ocupar el lugar de Molina tuvo la misión de frenar las cada vez más decisivas intervenciones de Mbappé por ese sector; Paredes por De Paul fue un cambio que liberó a Enzo Fernández para tener más influencia como todocampista con recuperación y juego; y Lautaro Martínez por Julián Álvarez fue la modificación justa para aprovechar la ventaja sobre zagueros centrales rivales que estaban prácticamente agotados; el cambio de Dybala, a minutos del final por Mac Allister, fue testimonial para patear los penales en la serie.

Los 120 minutos globales puede resumirse en ese mano entre Messi y Mbappé. El argentino volvió a marcar en el minuto 108 pero cuando todo parecía sentenciado, Mbappé empardó a los 118. Si uno hacía dos goles, el otro respondía con un triplete; si uno hacía un gol sobre el final, el otro lo empataba de manera aún más agónica.

Pero en el último suspiro, con el reloj marcando 120 + 3, un centro llovido llegó al área argentina y el francés Kolo Muani tuvo el triunfo en sus pies, la gloria eterna, el desenlace soñado, para la foto y la historia. Un enorme Dibu Martínez, poniendo todo su cuerpo, achicó con lo justo haciendo que el Arco del Triunfo no fuera de los europeos. La contraofensiva de Argentina fue de una película cuyo guión falló en el último cabezazo errático de Lautaro Martínez, quien obligó en cada intervención.

Luego fue el show de los penales.

No es una lotería pero sí una instancia en la cual no siempre gana el mejor.

Cualidades técnicas, físicas y psicológicas se ponen en consideración.

Los remates argentinos fueron ejecutados con seguridad.

Francia se apichonó ante un gigante -polémico y provador- Dibu Martínez, fortalecido por esa última intervención que rememoró las grandes jornadas del Pato Fillol.

Infartante, sufrida, épica, sublime e inolvidable.

Así fue la victoria argentina, desatando un desahogo que se sintió desde Doha hasta distintas regiones del planeta, cuyos ecos más fuertes se sintieron en los principales rincones del país con bandera albiceleste.

Argentina ganó en buena ley, desplegando un rendimiento feroz y competitivo, uniendo tres generaciones de futbolistas; a saber: los históricos: Messi, Di María, Otamendi; los que iniciaron el ciclo de Scaloni: De Paul, Paredes, Lautaro Martínez, entre otros; y los más jóvenes, que inician su camino en la Selección Nacional: Enzo Fernández (21), Julián Álvarez (22), Alexis Mac Allister (23).

El cuerpo técnico, novato y experto a la vez, se valió de su experiencia como jugadores, rescatando lo mejor y lo peor de los ciclos preparativos de Marcelo Bielsa en la Mayor y José Pekerman en Juveniles. Con interesante recorrido en el fútbol europeo, lograron combinar autoridad, sentido común e inteligencia para gestionar al grupo, sacando lo mejor de cada integrante, todo puesto al servicio de la causa colectiva.

Messi tuvo su premio, un deseo que -según lo que pudo descubrirse a lo largo de la competencia- también sumó adeptos en fanáticos de todo el mundo.

Confirma su lugar como quinto rey entre las leyendas más grandes del fútbol.

Scaloni liberó su llanto contenido en el final.

La Selección Argentina se metió de lleno en el corazón de la gente por su sentido de pertenencia y capacidad de sobreponerse a las dificultades. También, por el carisma de sus integrantes. En esa suerte de fuga de cerebros, se desempeñan lejos de la tierra propia pero ya no son percibidos como ajenos. A pesar de esos autoexilios deportivos, cada jugador es fiel a sus raíces, manteniendo la identidad de los orígenes y reconociendo la importancia de dar infinitas alegrías a una multitud sedienta de buenas noticias que corran de eje las frustraciones cotidianas.

Con todas sus virtudes y miserias, una nación de Sudamérica está en la cima.

La postal de Leo alzando la Copa dejó de ser un sueño que parecía nunca más sucedería y se convirtió en increíble realidad. El beso dorado, las manos unidas para levantar el trofeo, la vuelta olímpica en andas que tuvo similitudes con la de Maradona en el Estadio Azteca, completaron la escena de un álbum para guardar en la retina de millones de argentinos.

Fue todo así, a imagen y semejanza de las ilusiones que nacen en la infancia y se retoman en cualquier otro momento, aún en la adultez o la ancianidad.

Qatar 2022 fue el Mundial de nuestras vidas.

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