Aprender a vivir

A los 37 años de edad, Luka Modric mantiene rostro de niño. Entre sus rasgos, se destacan la melena rubia a dos aguas junto a los ojos pequeños que se pierden detrás de sus pómulos hundidos, aquellos que crean la ilusión de quedar absorbidos por una cabeza con forma de óvalo.

Este hombre cálido y calmo, capaz de generar universal empatía, parece un personaje salido de cualquier cuento de hadas; y al expresarse en español, lo hace con un tono muy particular, apoyándose en muletillas como «en horabuena», mientras articula sus ideas con algo de esfuerzo y mucho de claridad.

Sin embargo, sus principales vestigios de magia están dados por un talento sencillo para dominar la pelota, hacerla circular, despertando admiración entre las multitudes.

Hay algo marcadamente estético en su juego con economía de movimientos. Cada intervención suya está dotada de inteligencia, sorpresa y creatividad decisiva.

Modric encontró en el fútbol la posibilidad de realización personal. El deporte fue su canal de salvación, en una infancia marcada por la tragedia de la pérdida y el abandono, el miedo y la permanente posibilidad de finitud.

Nacido en la antigua Yugoslavia el 9 de septiembre de 1985, la guerra de los Balcanes lo encontró esquivando las bombas cada vez que salía a jugar con niños de su edad. A los 6 años, los conflictos se llevaron a su abuelo, asesinado por razones políticas, a manos de guerrilleros serbios que lo interceptaron cuando llevaba comida a su casa; también, la perversidad del poder mandó a quemar su hogar.

En 2018, se dio a conocer una carta que el pequeño Luka, llamado así en honor a su abuelo, escribió en su primera década de vida, contando las sensaciones de una realidad tan triste como adversa:

«Aunque aún soy pequeño he pasado mucho miedo en mi vida. El miedo a la guerra y a los bombardeos es algo que estoy superando poco a poco. El suceso y la sensación de pavor que nunca olvidaré ocurrió hace cuatro años, cuando los chetniks mataron a mi abuelo. Yo lo quería mucho. Todos lloraban, y yo no podía entender que mi querido abuelo ya no iba a volver».

Modric pertenece a una sociedad que es víctima de daños con secuelas irreparables, razón por la cual la vara de las dificultades adquiere otras dimensiones. Quienes logran atravesar traumas se vuelven fuertes, con capacidades de adaptación para sobrevivir al dolor. También están los otros, aquellos que no cuentan con ayuda para sobrevivir a los abismos.

Recientemente, en el sitio oficial de la FIFA, se reprodujo una conversación que Luka tuvo con Dominik Livakovic, portero de la Selección Croata, quien no estaba pasando un buen momento personal, algo que le llevó a mermar su rendimiento. Como capitán del equipo, Modric ejerció una clase de liderazgo, firme y convencido, con la fuerza interior que es patrimonio de los grandes: «… No te estaría diciendo esto si no me preocuparas. Veo que no progresas en el seleccionado (…) ¿Quizás es la presión que tienes? Quizá no es porque estás irradiando incertidumbre. Y eso contagia al equipo. ¿Entiendes? De eso estoy hablando. ¿Por qué no puedes cometer un error? Todos cometen errores. Siento que tu problema es que tienes miedo de cometerlo. ¿Quién no comete errores? Por favor, nómbrame una persona”.

Su relato es conmovedor, propia de un buen compañero que quiere lo mejor para una causa colectiva. En efecto, Modric es reflejo de una manera de vivir austera y sencilla, con su esposa y tres niños, lejos de los flashes y el glamour del Real Madrid, un club al que su presencia humanizó, alejándolos de esas constelaciones de estrellas que ponía de manifiesto las versiones más obscenas del capitalismo.

El 10 de Croacia -Balón de Oro 2018, en un acto de justicia deportiva, poética e histórica- es patrimonio mundial del fútbol, una leyenda que no olvida sus orígenes, una persona hecha y derecha, que esquiva los flashes y se muestra tal cual es: humilde y solidario, respetuoso y también honrado. Así juega, con la digna bondad de alguien que le ganó a la vida.

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