Doble vara

Finales de 2009. Alejandro Dolina se encuentra leyendo mensajes de sus oyentes en vivo, al aire de su icónico ciclo radial La Venganza Será Terrible, que por entonces se emitía por AM 710. Entonces, sucede lo siguiente:

«Estimado Dolina: ¿Ya no defiende más a Maradona? ¿O acaso ya no hay ningún Sargento Cruz? Vea, usted ayudó a alimentar al monstruo que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial. Cordialmente, Ingrid Hammer».

El contexto hace referencia a los polémicos exabruptos de Diego Maradona contra la prensa que lo atacó mientras era entrenador de la Selección Argentina. Fueron realizados luego de la clasificación frente a Uruguay en Montevideo, en un desahogo que incluyó uno de sus últimos abrazos con Carlos Salvador Bilardo, por entonces coordinador de selecciones, en uno de los tantos vaivenes de una relación tan compleja como inevitable.

Dolina respondió:

«Mi respuesta es SÍ. Yo he resuelto -después de un extravío- bancar a Maradona en esto. ¿Sabe por qué? Por personas como usted. La indignación burguesa que sucedió al exabrupto de Maradona fue totalmente patética y asqueante. Un mundo totalmente hipócrita, el mundo de la radio, donde se escucha eso mismo que Diego dijo bajo emoción violenta, pero libreteado (y en la televisión ni hablemos), ese mundo se indignó. Esos tipos se indignaron. Y esa indignación burguesa me hace ponerme inmediatamente en la vereda de enfrente. Y lo que un tipo dijo, obnubilado por el momento, por la emoción, por su propia historia, y por su propia condición, después fue repetido ad nauseam por todos los noticieros, con subrayados, subtitulados, duplicaciones, ampliaciones y circulación por Internet, por tipos que no estaban ni obnubilados, ni en estado de emoción violenta, ni perturbados por ninguna cosa, sino que lo planearon diecinueve mil veces. Esos tipos ahora se ponen en la superioridad moral de preguntarme a mí si lo defiendo a Maradona. Bueno, sí, lo defiendo. Si es contra ustedes, lo defiendo. Lo defiendo totalmente. Y eso de ‘que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial’… ¡Cipayos provincianos que quieren quedar bien con sus supuestos amos europeos! ¡Yo no tengo ningún interés en quedar bien ante la prensa mundial! ¡No es ésa nuestra obligación! ¿Qué tenemos que quedar bien ante nadie? ¿Ante quiénes? ¿Ante gobiernos que aniquilan a sus enemigos? ¿Ante quién tenemos que quedar bien? ¿Dónde esta la Fiscalía del Universo? ¿Dónde está la reserva moral de la Humanidad? ¿En Estados Unidos? ¿En Europa? ¡Déjeme que me muera de risa, Ingrid Hammer!

Y otra cosa: muchas veces, pero muchas, en los medios se dicen cosas muy interesantes. Yo he escuchado casi revelaciones, a veces, dichas por tipos a los que yo admiro mucho. A veces son intelectuales, como, no sé, el finado Casullo, o Dubati, o José Pablo Feinmann, tipos que realmente tienen un pensamiento interesante. Otras veces son artistas, o incluso locutores, del calibre de Larrea, o de Carrizo, tipos que por ahí dicen cosas que te hacen decir «pero mirá que bien pensó éste». Bueno, a esos NUNCA, nunca los vi duplicados en los noticieros, con subtitulados y subrayados. No los vi nunca porque a esta gente no le interesa el pensamiento ni la inteligencia, le interesa la BASURA. Y entonces Maradona dice esto y ellos lo repiten ciento diez mil veces. Eso es un asco.

Así que, ¿a qué jugamos? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto de indignarse, de enojarse y de sorprenderse? Lo dice un Senador de la Nación, y es un piola. Lo dice Maradona, y aparece todo el racismo, todo el desprecio por los pobres, aparecen los de siempre, los muchachos de siempre, a indignarse: ¡oh, la cultura! ¡Nuestro embajador! ¿Qué embajador? Es Diego Maradona, viejo. Los que tienen que ser cultos son ustedes, no él. Él tiene que dirigir la Selección de Fútbol, y si lo eligieron a él, bueno, es ése, y no Pancho Ibáñez.

Así que sí, lo defiendo a Maradona. Ante usted lo voy a defender siempre…»

Por estas horas, ha causado cierta indignación en algunos medios hegemónicos y sectores de la sociedad, una versión un tanto visceral de Lionel Messi luego de su gran actuación frente a Países Bajos, que permitió el pasaje de la Selección Argentina a semifinales del Mundial Qatar 2022.

Como nunca antes, se vio al futbolista combativo, locuaz, alejado de la corrección política y el perfil calmo que ha tenido en sus dieciocho años de carrera profesional.

El enojo de Messi tuvo tres destinatarios visibles: el entrenador neerlandés Louis Van Gaal, quien de alguna manera minimizó sus cualidades en la previa (por su parte, los medios fogonearon la contienda); algunos de los futbolistas naranjas, que subestimaron a los argentinos; y el árbitro español Antonio Mateu Lahoz, de cuestionable desempeño. Se podría agregar un cuatro dardo, dirigido a los popes de la FIFA; y hasta un quinto, todos aquellos detractores que ponen en tela de juicio su incuestionable jerarquía como futbolista.

Alguna vez, el periodista Hugo Asch dijo que la diferencia entre Maradona y Messi consistía en que mientras éste era un póster, aquel constituía una bandera.

Messi siempre debió luchar contra ese injusto estigma. Sumaba fanáticos pero no devotos. No le dedicaban murales ni canciones, tampoco crearon una iglesia en su nombre. Pesada carga para ambos: al Diego, por su canonización; a Leo, por no trascender su condición profana.

Hay un Messi distinto desde hace casi dos años. Su nuevo perfil, más alto y crítico, jugado, apasionado, confrontativo, coincide con tres circunstancias: una, la triste muerte de Diego Maradona, que de algún modo terminó con la grieta en el futbolero medio, capaz de comprender que debía unirse para valorar lo que es tan digno como propio; otra, el retiro de Javier Mascherano de la Selección Argentina, un líder positivo durante varios años hasta el heroico Brasil 2014, pero luego devenido un referente con discutibles aptitudes que le quitaron el reconocimiento de su paso por el combinado nacional y que, en el imaginario popular, inhibió nuevos liderazgos; y la última, haber sido campeón de la Copa América 2021, en el Maracaná contra Brasil.

Messi ya no se muestra cabizbajo frente a la adversidad. Ahora se rebela y enoja. Exterioriza sus emociones. Planta posición ante las injusticias y no se calla nada. A los grupos conservadores les está generando una incomodidad, porque prefieren quedarse con el deportista ejemplar, obediente, gran padre de familia.

Los medios masivos tradicionales cuestionan algunas actitudes que entienden como vulgares: prepotear al cuerpo técnico de Países Bajos, callar a un rival que luego de las provocaciones quiere mostrarse como un caballero («¿Qué mirá, bobo? Andá pa´allá» ya es meme, tendencia, merchandising) y cuestionar a cúpula mayor del fútbol mundial, son fuente de profundas reflexiones y editoriales que sobreanalizan el hecho, al igual que este texto.

Puede que Messi haya tenido actitudes algo desmedidas, pero no dejan de ser auténticas. El gesto de ambas manos detrás de sus orejas, emulando al Topo Gigio inmortalizado por Juan Román Riquelme en 2001, tras un gol con Boca en un superclásico que tuvo como festejo el provocativo mensaje al por entonces presidente del club Mauricio Macri, no le va a salir barato.

La prensa española, especialmente la de Madrid, lo ataca por su pasado en Barcelona.

Otros nuevos justicieros de ocasión invocan las buenas costumbres, sometiéndose a las reglas de los imperialismos, que instalan un deber ser de dudosa legitimidad.

Se rasgan las vestiduras quienes no cuestionan nunca al poder y prefieren vivir de rodillas ante imperios que colonizaron a gran parte de la humanidad.

Si lo hace un europeo, es esencia.

Si lo hace un brasileño es pintoresco.

Si lo hace un argentino, es salvajismo.

Durante muchos años, los mismos grupos que cuestionaron a Messi por no tener esa irreverencia tan constitutiva en Maradona (incluso, poniendo en duda su argentinidad), son los que ahora alzan la voz para quejarse de lo opuesto.

El problema no es Messi, sino la idiosincrasia.

Lo hicieron enojar y respondió, en modo picante y endemoniado; siempre contra los más fuertes, jamás ante los débiles.

Pase lo que pase (con título Mundial o no), Messi se ganó definitivamente el incondicional amor popular. Aunque suene exagerado, no es poco para un país golpeado y vacío de liderazgos que logren empatía, legitimidad y consenso.

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