Museo del Holocausto

Los sitios de memoria tienen la misión de ser un reservorio del pasado; y en general, están asociados a hechos trágicos que marcaron un antes y un después para la sociedad.

Pasado y presente se resignifican, interactuando de manera continua, en un necesario diálogo que crea conciencia, respeto y dignidad.

La historia del siglo XX está atravesada por dos guerras mundiales; y entre ellas, el genocidio que llevó a cabo el nazismo, persiguiendo, torturando y asesinando entre 1933 y 1945 a aproximadamente 6 millones de judíos por el sólo hecho de serlo.

No solamente impacta la cifra, sino también el motivo.

Llama la atención porque cuando un grupo de rebeldes hizo la Toma de la Bastilla el 1 de mayo de 1789, instalaron los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Parecía que el mundo iba a ir hacia un lugar más seguro, de progreso e integración entre los pueblos.

Sin embargo, la especie humana es autodestructiva. El capitalismo fomentó el desarrollo de la ciencia, pero en vez de solucionar inconvenientes el eje estuvo puesto en generar conflictos.

La palabra holocausto viene del griego olos (todo) y kautos (quemado): traducido, sería sinónimo de exterminio.

Aún en los más atroces escenarios de la humanidad, parece ser que el crimen perfecto no existe. Quedan huellas imposibles de borrar, resurgen testimonios de personas que fueron testigos directos de una masacre o herederos inmediatos de quienes han padecido el horror de manera más brutal y visceral. Hay imágenes. Símbolos. Escombros.

El pueblo judío ha sido hostigado desde tiempos inmemoriales. Su religión monoteísta le valió la antipatía de otras comunidades de la Antigüedad. El punto de inflexión fue el cristianismo, que lo acusó de asesinar a su mesías.

En la Edad Media, los judíos padecían el recelo de pobladores que los acusaban falsamente de profanar templos y asesinar niños; además, como muchos de ellos se dedicaban a se prestamistas y recaudadores de impuestos, algo moralmente condenable en las sociedades de aquel tiempo.

Para la Modernidad, el odio religioso se desplazó hacia el racial, surgiendo así el antisemitismo, cuyo punto álgido fue la denominada Noche de los Cristales Rotos (1938), cuando se quemaron cientos de sinagogas, saquearon enorme cantidad de comercios judíos y detuvieron a 20 mil alemanes de origen judío. Asimismo, otro delirio fue la persecución del nazismo, acusando a los hebreos -aliados a la Rusia comunista- de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, lo cual dio inicio una cacería sin precedentes, cuyos efectos aún se mantienen de algún modo vigentes.

El Museo del Holocausto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires está ubicado en la calle Montevideo N° 919 y tiene predilecto material de archivo.

Allí hay documentos que trazan un recorrido por una de las etapas más atroces -sino la más- en la historia de la humanidad. Los testigos de la historia, a una edad muy avanzada, siguen con el compromiso de visibilizar el irreparable daño del horror. Audiovisuales de Adolf Hitler lo muestran como un líder carismático pero dispuesto a todo, sin medir las consecuencias. No estuvo solo. Hubo una sociedad que avaló tal estallido.

Diversas fotografías muestran marcas en el cuerpo: rostros demacrados, miradas ausentes, gestos resignados, acaso esperando su sentencia. También hay otras que retratan a Auschwitz, Polonia, epicentro de los campos de concentración: grandes extensiones de tierras, personas desnutridas y vestidas de la misma forma para ser fácilmente identificadas, cámaras de gas y toda una arquitectura para que ejecutar al enemigo íntimo sea tan perverso como cruel.

Las visitas guiadas que se ofrecen en el sitio de memoria de Buenos Aires fomentan el estudio, la reflexión y las indagaciones respecto de este lamentable hito que nunca debe olvidarse.

Restos de escombros habitan para recrear un espanto que, lejos de alejar, invita a la empatía de hacer causa común con la comunidad judía.

La discriminación, la xenofobia y todo rechazo ideológico, con tortura física y psíquica, debe ser evitado en cualquier parte del mundo.

Si no se asumen los errores, jamás se lograrán aprendizajes.

Aunque el mal ya esté realizado y arruinó la vida de un sinnúmero de personas y familias, siempre hay fuertes motivos para recordar que alguna vez la humanidad cayó tan bajo que ni siquiera mereció seguir llamándose así, de esa manera. Sólo el paso de la vida ha curado algo de esas heridas, mientras los derechos humanos son el argumento principal para detener todo atisbo de peligrosidad mundial.


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