Qatar 2022: El Mundial que nunca debió disputarse

La Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) fue fundada en 1904. Hasta la actualidad, ha tenido solamente 9 presidentes; el último, con mandato vigente, es el italiano Gianni Infantino, quien asumió en 2017, en medio de los escándalos de corrupción y lavado de dinero que salpicó a la vieja dirigencia.

No es casual que esa caída imperial sucediera entre 2015 y 2016, poco después del fallecimiento de Julio Humberto Grondona (1931-2014), autoproclamado «El Vicepresidente del Mundo», pero quien supo edificar poder escalando posiciones gracias a su astucia y visión: primero futbolista, luego fundador de un club de barrio, más tarde dirigente de uno de las instituciones más grandes del país y finalmente cara visible de la Asociación del Fútbol Argentino, puesto al que accedió en 1979, en plena Dictadura Militar.

Don Julio siguió enfilando hacia la cima, creando buenas migas con el brasileño João Havelange (presidente de la FIFA durante el período 1974-1998) y Joseph Blatter (sucesor desde 1998 hasta el conflicto y las denuncias fechadas en 2015). Durante su gestión, las Selecciones Argentinas tuvieron un momento dorado, de elixir, supremo. En 1988, en plena cumbre, con Maradona como astro máximo, Grondona llegó a la FIFA y se quedó allí hasta sus últimos días, siendo tesorero de la Casa Madre del fútbol global, a la vez de jamás abandonar el Sillón de la calle Viamonte.

Una de las últimas proezas de la dupla Blatter-Grondona fue la designación de sedes para los Mundiales de Rusia (2018) y Qatar (2022). Ambas, resultaron elegidas en 2010; y la decisión trajo polémica, porque por primera vez se establecían dos organizaciones en simultáneo, una de ellas, con 12 años de anticipación, y ante el interrogante de no poder disputarse durante los meses de junio y julio -histórica fecha de los Mundiales- por razones de calor extremo. Sin embargo, poco y nada les importó.

Se cuenta que el argentino fue la pieza clave para asegurarse votos y en definitiva salvaguardar el lugar de Blatter, perseguido muy de cerca por los dirigentes de la UEFA: primero, el sueco Lennart Johansson (Presidente de la UEFA, Unión Europa de Fútbol Asociado, entre 1990 y 2007), y después el exfutbolista francés Michel Platini (ocupando el mismo cargo entre 2007 y el ya mencionado FIFA Gate).

Uno de los primeros aspectos que resaltan en estos dirigentes es la cantidad de años que se instalan en el poder. Son prácticamente dinastías que se resisten a abandonar el cetro.

Blatter se sostuvo mucho tiempo en gran parte por la viveza criolla de Grondona, un jugador estratégico, acostumbrado a fumar debajo del agua. Fue él quien tejió alianzas con las federaciones emergentes (Sudamérica, América del Norte, África, Asia, Oceanía), lo suficientemente numerosas como para imponerse voto a voto contra el bloque europeo.

Cuando el escritor uruguayo Eduardo Galeano hablaba en sus obras y conferencias sobre los «Dueños del Mundo», ¿a quiénes hacía referencia? A las grandes corporaciones, los jeques árabes, los grandes reinos. Todos ellos acaso representen el 1 % que concentra el 90 % de la riqueza del planeta.

De los 22 Mundiales disputados hasta el momento (sumemos al que va a comenzar en algunas horas), hubo tres que la historia largamente cuestionó: Italia 1938, en pleno auge de Mussolini; Argentina 1978, con secuestros, torturas y desapariciones por parte de un gobierno que utilizó la Copa para legitimar su poder; y el actual de Qatar 2022, que pone en tela de juicio violaciones a los derechos humanos.

La FIFA como multinacional tuvo un antes y un después de Havelange, que convirtió al fútbol en un producto global que se fue ampliamente difundiendo. Desde entonces, proliferan competencias como los torneos mundiales de categorías juveniles, generalmente realizados en países sin tanta tradición pero como factor de prueba para saber si dan la talla en cuestiones de logística. Así, lugares ignotos de África y Asia, entre desiertos y pobreza extrema, o entre lujos y soledades supremas, se han encargado de ser anfitriones. De hecho, el primer gran grito de los juveniles de José Pekerman para Argentina fue la consagración en el Mundial Sub-20 de Qatar 1995, todavía lejos de ser un país de fantasía como lo es ahora.

La trama de esta elección tiene en cuenta millones de dinero y sociedades anónimas que durante los últimos 20 años han comprado los principales clubes del mundo (la firma Fly Emirates y Qatar Airways ha puesto su pie en ligas de élite como la inglesa, española y francesa, además de invertir con valores desproporcionados en contrataciones de lujo que agrandaron aún más la brecha entre instituciones grandes o pequeñas).

Qatar 2022 siempre estuvo bajo sospecha desde que se presentó su candidatura para organizar la Copa. Mucho más, cuando logró su cometido.

Asimismo, quedó en el ojo de la tormenta con el FIFA Gate y hasta no hace mucho tiempo corría el rumor de que nunca estaba confirmada del todo su sede.

Pocos Mundiales de la era moderna despertaron tantas controversias como éste.

La FIFA, un organismo que desde un tiempo a esta parte tiene, claramente, menos poder e influencia que la UEFA, debió diseñar una arquitectura de alta complejidad para que el torneo se dispute entre noviembre y diciembre, a los fines de evitar las altísimas temperaturas de junio y julio.

Eso hizo que el fútbol europeo guardara para sí una venganza: disputar sus ligas hasta una semana antes del evento mayor.

En Qatar 2022, las figuras se van cayendo de las listas porque por cuestión de calendarios comprimidos se disputaron gran cantidad de partidos en poco tiempo.

Da la sensación de que este Mundial tiene que disputarse a como dé lugar, sin importar las consecuencias.

Mientras tanto, el mundo árabe se expone ante multitudes tal cual es, exponiéndose como una sociedad con hábitos de la Edad Media: mujeres tapadas de pies a cabeza por las calles, comunidades del colectivo LGBTIQ+ escondidas por temor a ser señaladas, y trabajadores de la construcción que ofrecieron su fuerza para construir estadios y demás infraestructura en condiciones de explotación.

Qatar tiene alrededor de 10 millones de habitantes; de los cuales, sólo el 10 % es oriunda del lugar. El otro 90 % es población extranjera.

Cuando mañana comience a rodar el balón y a presentarse como una fiesta indiscutible, las familias de 6.500 obreros que perdieron la vida sabrán que, lamentablemente, nadie reclamará por ellos.

En un mes, al concluir la competencia, no pasará como en otros lugares postergados del planeta, que dejaron morir a sus estadios como elefantes blancos entregados al abandono y sin chances de mantenimiento.

Aquí será distinto.

Curtidos en tecnología, la pequeña ciudad de Doha -donde se disputarán la totalidad de los partidos- tiene respuesta para todos: habrá canchas que automáticamente desaparecerán cuando el cuento termine, desmantelándose para ser recicladas y devenir otras murallas.

No quedará nada, ni siquiera huellas. Como si los acontecimientos fueran parte de aquellos planes ejecutados a modo de un perverso crimen perfecto.


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