El juicio

En diciembre de 1983, la recuperación de la democracia implicó un largo recorrido en el que la sociedad civil tuvo una decisiva participación, volviéndose referencia para otras comunidades que, desde entonces, se debaten acerca de cómo condenar a sus autoridades en casos de probada violencia institucional.

La gestión de Raúl Alfonsín como Presidente de la Nación se impuso la misión de condenar a los culpables de la última Dictadura Militar (1976-1983). Lo hizo a través de decisiones a inmediato y mediano plazo.

Primero, se creó la CONADEP (Comisión Nacional de Desaparición de Personas), un organismo estatal que -encabezado por el físico y escritor Ernesto Sabato, contando a su vez con la presencia de ilustres personalidades legitimadas por el colectivo- se encargaría de llevar a cabo una serie de investigaciones en un documento titulado Nunca Más, cuyo informe fue presentado a fines de 1984.

Luego, con esos antecedentes, se impulsarían los Juicios a las Juntas Militares durante 1985, en un período que fue desde abril a diciembre de ese año.

Por aquel tiempo, las Fuerzas Armadas ya habían perdido el poder que detentaron durante casi una década, pero todavía seguían ejerciendo amenazantes influencias, con lo cual ir contra ellas podría tener un alto costo.

La película Argentina, 1985 (dirigida por Santiago Mitre, con protagónicos de Ricardo Darín y Peter Lanzani) recupera todo ese período centrándose en la figura del fiscal Julio César Strassera, quien carga con la enorme responsabilidad de hacer un alegato que definiría el futuro de la nación en materia de derechos humanos y respecto de políticas vinculadas a las proclamas de memoria, verdad y justicia, un paradigma que no sólo es representativo para Argentina sino que también devino sustancial para otros casos que sentaron precedentes a nivel internacional.

El film tiene los alcances de un testimonio capaz de reconstruir toda una época y se vuelve imprescindible para comprender una historia compleja y en algún punto silenciada. Cuenta las preocupaciones de Strassera y el importante rol de su ladero Luis Moreno Ocampo, quienes debieron lidiar con presiones y amenazas. Además, pone en escena la labor de jóvenes que contribuyeron a buscar información y llevar a cabo profundas investigaciones, dando confianza a las víctimas para que ofrecieran sus declaraciones bajo juramento. Todos esos testimonios, tan elocuentes como desgarradores, ponen a las claras los delitos de lesa humanidad que se cometieron, lo cual no deja ninguna duda sobre la veracidad de los acontecimientos.

El mensaje relevante es que no fue una guerra civil entre dos bandos: la condena al Estado es por sus crímenes y abusos, que aún hoy siguen dando lugar a nuevas requisitorias.

En tiempos del resurgir de los negacionismos, bienvenido sea el arte que ofrece resistencia, porque es a partir de la reconstrucción de los hechos cómo se puede dimensionar las atrocidades cometidas.

Esta obra reivindica al fiscal Strassera como un hombre de firmes convicciones, que a pesar de los peligros e intentos de extorsión, logró cumplir con dignidad su labor, sentando un precedente clave para que los delitos jamás prescriban.

Si Argentina es pionera en estas políticas de Estado, gran parte se lo debe a aquellos protagonistas que antepusieron los intereses colectivos a las vanidades personales.

Argentina, 1985 se propone no olvidar y logra con dignidad esa pretensión.

Independientemente de las críticas -a favor y en contra- vale decir que ya ganó la calle, con lo cual la misión está por demás cumplida.

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