Filosofar con Natacha

Cuando a principios de la década de 1970,  Matthew Lipman y Ann Sharp comenzaron a diseñar un proyecto de filosofía para la infancia, se volvía pertinente comprender el contexto.

Por ese entonces, en el mundo occidental de posguerra, estaba emergiendo un actor social que hasta ese entonces no había tenido el protagonismo que adquirió luego: la juventud. Y en ese resurgir, asomaron los sueños de libertad, el camino de las utopías y los deseos de transformación.

Al repasar las evocaciones, convergen hitos como la música de Los Beatles, el asesinato del Che Guevara y el compromiso de dos grandes filósofos de la humanidad, como Jean-Paul Sartre y Michel Foucault, que megáfono en mano salieron de su comodidad y caminaron las calles parisinas para acompañar los reclamos del Mayo Francés de 1968.

En Argentina, seguía muy atentamente estos acontecimientos la obra cumbre de Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino: su Mafalda terminó siendo de todos, una testigo de época que trascendió a su propio tiempo y que podría ser considerada un antecedente de niñez involucrada a las problemáticas más urgentes de la sociedad.

A través de todos los casos mencionados subyacen gestos revolucionarios, aquellos capaces de desnaturalizar lo obvio; y precisamente de eso –y mucho más- se ocupa la filosofía.

Sin embargo, hay una distancia muy grande que sucede entre aquellas bohemias caminatas de los antiguos griegos y la posterior rigurosidad de autores que, primero encerrados en los templos y luego en las universidades, se dedicaron a elaborar complejos tratados filosóficos en el egoísmo de su soledad.

Lipman y Sharp interpelaron este escenario, dándose cuenta de que estaban asistiendo a una nueva era de progresos tecnológicos capaces de generar tanta autonomía como dependencia, algo que abrió nuevas formas de interacción entre el sujeto y el medio. Asimismo, distintas expresiones para acceder al arte y la cultura hicieron que por ejemplo en la década de 1980 causara furor la colección norteamericana llamada Elige tu propia aventura, una saga de libros que permitía a los lectores –niños y adolescentes- optar por varios finales posibles. Aquellas prácticas de lecturas con intervención activa de sus seguidores guardaban cierta semejanza con Rayuela (1963), legendario texto de Julio Cortázar que invitaba a hacer saltos en la trama para poder construir la historia a develar. Y más acá en el calendario, El mundo de Sofía (1991) del noruego Jostein Gaarder fue un intento de vincular la literatura con abordajes filosóficos a través de una novela sin destellos de academicismo.

Aun así, nunca nada volvió a ser lo mismo y -de treinta años a esta parte- la globalización se encargó de impactar en las subjetividades a través de la aceleración de la vida cotidiana, que jamás volvió a hacer la misma.

Por eso, en un planeta que ya no duerme, las expediciones filosóficas de Natacha adquieren particular relevancia porque llevan consigo el aura de una humanidad buscando su destino.

En los círculos educativos imperantes y en la construcción social del conocimiento, se sabe que la figura del docente magistral ha quedado obsoleta desde hace bastante; y actualmente, las prácticas pedagógicas requieren de otras dinámicas de comunicación, generando que emerja de algún modo un guía con dotes de animación, gestor de las emotividad y carisma para combatir flagelos como el aburrimiento y el desgano.

Catalina Bertoldi, Fernanda Guaita y Victoria Maclean, con la creación de Natacha. Expedición filosófica, recuperaron a un personaje de Luis Pescetti para que sea el hilo conductor de vivencias llamadas a cautivar a las infancias, tan ávidas de aventuras como cuestionadoras de esa escuela que casi siempre va llegando tarde a las demandas cotidianas que mutan a cada instante y sin respiros.

Su texto es una experiencia creativa y no un manual, recurso que históricamente impuso condiciones partiendo de un principio equivocado: la uniformidad de los destinatarios, presuponiendo la existencia de un estudiante concebido con anterioridad a ser conocido en el trato habitual. Cada docente con su librito creaba una propia sensación de seguridad que bajo ningún concepto era tal.

A partir de Lipman y Sharp, esos intentos didácticos asistieron a otra dimensión, porque se fueron adaptando a las necesidades de poblaciones minuciosamente estudiadas en una investigación teórica y de territorio, algo que las autoras de Natacha complejizaron desde sus mismas prácticas docentes.

En los últimos diez años, las tres realizadoras tomaron como objeto de indagación a sus propios estudiantes y desde allí descubrieron los emergentes que eran necesarios advertir.

Las sociedades con mayor autodeterminación son aquellas que pueden resolver sus problemas sin apelar a fórmulas extrañas o del exterior. Importar recetas nunca es aconsejable si se cuenta con el factor humano como aliado. Nadie conoce la idiosincrasia de su comunidad como los encargados de llevar a cabo estos encuentros.

Natacha, en cuya etimología se encuentra el verbo nacer, surge en un contexto negacionista de la filosofía en países como España y Chile, con respectivos sistemas de educación de Nivel Secundario que ponen en tela de juicio su presencia (no solamente en esos lugares sino en otros, especialmente de América Latina), y con decisiones oficiales que en muchas instituciones no le dan la legitimad de ser materia programática; todo esto, justo cuando casi en simultáneo irrumpieron series de TV como Merlí, o programas de radio y shows teatrales, que hacen proliferar a la disciplina desde un eje rupturista y hasta contracultural, opuesto a las tendencias actuales.

Las luchas actuales del saber filosófico deben ir más allá de los sistemas educativos formales, aunque se impone la necesidad de que surjan en ellos como epicentros de referencia. Más que un pedido, deviene una declaración de principios: la filosofía es un derecho consagrado por la ONU en 2005, en parte por contribuir a la paz e integración de los pueblos.

El texto de Natacha propone abordajes en clave colectiva, sugiriendo involucrarse con temas de alto contenido humano como –entre otros- el autoconocimiento personal, la creación de vínculos amistosos, el respeto por la otredad, el uso de la tecnología y el cuidado de la naturaleza, dando así cuenta de una vida más allá de cada encuentro escolar. Por eso es una expedición, ya que en el entramado del recorrido cotidiano, cada cual abre sus caminos con los recursos que tiene a disposición.

Natacha no es fórmula ni receta porque a su vez parte de premisas universales. Los grandes interrogantes de la historia la encuentran comprometiéndose superlativamente y aquellos descubrimientos que parecieran insignificantes asumen un carácter filosófico que cuestiona la manera de ser y estar en el mundo.

Su voz tiene reminiscencias socráticas al mantener intacta la pregunta. Por tanto, volver a ese origen acaso sea la potencia más significativa de la filosofía.

Entre las tantas virtudes de la obra, una de las que sobresalen tiene que ver con las secuencias didácticas que inspira. El libro está hecho por filósofas que además son docentes, contando con la supervisión de Gloria Arbonés, una referencia en el programa de Filosofía para Niñxs.

Asimismo, podría pensarse que este libro constituye un imprescindible aporte a sociedades atravesadas por la era de los movimientos colectivos (tales como el feminismo, el veganismo, el ambientalismo), que en simultáneo se debaten entre discursos de voces que gritan pero no escuchan, y en momentos según los cuales las democracias corren serios riesgos de debilitarse al enfrentar a sectores que parecen solamente dialogar en sus mismos grupos de pertenencia.

Las expediciones filosóficas de Natacha rompen con lo esperable y en consecuencia salen al encuentro de la novedad. Pero esa aspiración no está circunscripta al personaje sino a los deseos de contribuir a infancias críticas y reflexivas, asumiendo que hoy, en esta época, también son un importante actor social, quizás el reservorio llamado a impulsar mejores versiones de la humanidad.

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