Las infancias de Carlitos Balá

Cuando fallece una persona popular, que marcó época y logró trascender a más de una generación, se produce un fenómeno muy particular porque pareciera que se estuviera asistiendo a la pérdida de un familiar.

El 24 de septiembre de 2022 quedará por siempre en el recuerdo de muchas familias argentinas por ser el día en que los medios masivos de comunicación, tan urgentes como veloces, comenzaron a replicar, en clave de duelo, la imagen de un hombre bonachón, sencillo y humilde, cultor del humor sano, cercano a las infancias y dueño de un flequillo inconfundible, como así también lo fueron algunas de sus expresiones.

Carlos Salim Balaá Boglich, más conocido como Carlitos Balá, dijo adiós a este mundo con 97 años de edad. Ese episodio impacta de una manera especial por la figura que parte de este plano. El contraste es superlativo porque en la memoria colectiva aparece asociado a un niño eterno, con una carismática bondad que lo hizo ingresar sin permiso a los hogares del país cuando no abundaban los canales de TV ni diversas plataformas a partir de las pantallas.

Este fanático de Chacarita Juniors bailaba, cantaba, hacía chistes y tenía un vínculo agradable con los niños que corrían a abrazarlo por sentirlo uno de los suyos. Humilde y solidario, transmitió valores y se encargó de llevar alegría sin mezquindades ni renunciamientos.

Como actor, humorista y conductor, perteneció a una época distinta: la diversión era más humana y personal, no tan mediatizada. Una cercanía de tales características estaba pensada para otro tipo de espectador que ya no existe.

Al llorarse la partida de Carlitos, ese llanto aparece vinculado a la nostalgia de una confirmación: hace rato que acabó lo que se daba y nunca más volverán a encontrarse seres tan transparentes como él, no porque sea imposible el surgimiento de nuevos talentos sino porque era único en su especie.

Su obra pertenece a un contexto que se añora porque la cosificación es una tendencia actual, llena de exigencias, estigmatizaciones, precocidades sin sentido y un constante desafío a la monotonía, como si el silencio y la quietud fueran parte del tenebroso virus del aburrimiento.

El apuro, además de anular la reflexión, supone la pérdida de un presente que desaparece en su anticipación. Si algo nuevo llega, también pasa, se va, generando un abandono.

Con la muerte de Balá también se marchan todos aquellos sueños que hoy ni siquiera resisten a su propio archivo.

Que en paz descanse, maestro.

Se lo va a extrañar.

Ojalá que la gratitud esté a la orden del día.

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