Víctima de la impunidad

Jorge Julio López tenía 76 años de edad y un rostro que evidenciaba el crudo paso de los años en quienes buscan la dignidad de pertenecer a un mundo que desde su amanecer les ha dado la espalda.

Este hombre oriundo de General Villegas y vecino de la localidad bonaerense de Los Hornos (vecina de La Plata, capital provincial) cultivaba perfil humilde y trabajador, comprometido con los suyos; un referente barrial con altos valores humanos.

Su oficio era la albañilería, un medio para ganarse la vida que sin dudas deja secuelas en el cuerpo y se prolonga a través de la mirada.

Alguna vez, el filósofo griego Aristóteles postuló una teoría sobre los saberes, clasificándolos en productivos (vinculados a la técnica), prácticos (en relación a las conductas, tanto en el orden público como privado) y contemplativos (los de mayor rango, aquellos capaces de conducir a la sabiduría, que recién se logra en el epílogo de la existencia).

López habitó los tres.

No necesitó pasar por la universidad para levantar paredes valiéndose de las matemáticas con una pericia superior a la de muchas personas escolarizadas o con experiencias académicas.

Tampoco debió impostar un personaje para revelarse (y rebelarse) como una persona dispuesta a luchar por los derechos colectivos de su sector.

Mucho menos, quedó al margen de aquella dimensión que consagra a la vejez como una etapa de gran experiencia y conocimiento.

La impronta de su militancia política llamó la atención de las fuerzas de seguridad, que no dudaron en hacerlo desaparecer dos veces: la primera, el 27 de octubre de 1976, por encabezar reclamos en su vecindad; la segunda, el 18 de septiembre de 2006, cuando declaró en los denominados Juicios por la Verdad para condenar a genocidas, mientras esperaba escuchar la sentencia contra Miguel Etchecolatz (1929-2022), su verdugo señalado, un dictador que estaba a cargo de los centros clandestinos de detención y que a su tumba se llevó el silencio de jamás confesar el destino de los cuerpos secuestrados, torturados y desaparecidos.

A López lo volvió a chupar un grupo de tareas que buscó extorsionar a la Justicia para no pagar sus crímenes.

Sin embargo, en la cultura popular aparece como un símbolo de lucha y resistencia, ícono de valentía, dignidad y trascendencia.

Desde su última desaparición, su imagen y presencia se mantiene intacta en diversos colectivos que rescatan su figura y la evocan en clave de memoria, exigiendo también verdad y justicia.

Un mural elevado en el que fuera su hogar es, hasta el momento, la última manifestación de que su biografía logra ser capaz de atravesar las épocas. Se suma a otras realizaciones, como dibujos, fotografías y esculturas, que ubicados en distintos lugares de la ciudad visibilizan una ausencia imposible de olvidar.


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