El fatalismo

Entre 1981 y 1998, Boca Juniors apenas ganó un solo título local, obtuvo un puñado de copas continentales que hace rato ya no se disputan, quedó al borde del descenso y casi entra en quiebra si no fuera por la prolija y honesta administración de Don Antonio Alegre y Carlos Heller.

El punto más profundo del abismo fue durante 1984, cuando debió disputar un encuentro oficial con camisetas cuyos números en los dorsales se pintaron mediante un fibrón de color negro.

Otro duro golpe fue la inesperada derrota del martes 9 de julio de 1991, feriado para la República Argentina. En aquella tarde fría, gris y lluviosa, la Bombonera explotaba de gente, pasando en pocas horas de la ilusión al desconsolado llanto. El equipo del Maestro Oscar Washington Tabárez, que había causado furor en ese primer semestre del año, se quedaba con las manos vacías en la finalísima frente al Newell´s Old Boys del Loco Marcelo Alberto Bielsa, perdiendo por penales la oportunidad de cortar la desesperante sequía de títulos locales que llevaba exactamente una década, luego de aquel inolvidable equipo del 81 dirigido por Silvio Marzolini y donde brillaban los aportes estelares de Diego Maradona, Miguel Brindisi y Hugo Gatti.

Boca, el club más popular del país (dato, no opinión), siempre tuvo esa impronta pasional, multitudinaria y policlasista. En algún punto, comparable con el fenómeno peronista, capaz de encender emociones encendidas y causar fuertes rechazos entre quienes no se sumen a la causa.

Por estas horas, las redes sociales -el moderno tribunal de juzgamiento, tan gratuito como facilista, que vomita expresiones de manera pulsional y sin medir las consecuencias- estallan contra un nuevo revés del club de la Ribera, eliminado muy tempranamente en otra edición de Copa Libertadores, la «obsesión» que cantan los hinchas y replican los medios hegemónicos de comunicación, siempre invictos a la hora de analizar hasta el hartazgo -¿realmente hay tanto para expresar en torno al fútbol?- lo que el espectador u oyente necesita consumir.

El término «copero», un modismo de ocasión, quizás aplique a Boca: de 63 ediciones de Libertadores, salió campeón en 6 y fue finalista en otras 5. El palmarés lo ubica detrás de Independiente, máximo ganador con 7 títulos. Sin embargo, al desmenuzar los ciclos victoriosos, Boca fue campeón en 1977 y 1978, con Toto Lorenzo como entrenador. Pasaron 22 años para volver a consagrarse: en 2000 con Carlos Bianchi de DT, repitiendo por onda expansiva en 2001 y 2003. La última conquista fue en 2007, con varios integrantes del multiganador conjunto del Virrey, entre ellos Juan Román Riquelme, cuya actuación descomunal -en el imaginario colectivo- suele ningunear el aporte de Miguel Russo, coach de la última gran estrella continental. Desde entonces van 15 años sin triunfos, siendo la última eliminación frente al limitado Corinthians de Brasil, de local y por penales, en Octavos de Final de la edición 2022.

Los protagonistas suelen decir que lo más noble que tiene el fútbol es el hincha.

Sin embargo, en el caso de Boca, el bostero promedio parece alienado en no encontrar alegrías que calmen su permanente estado de insatisfacción.

Permanece alojado en la queja, con la vara muy alta en sus aspiraciones. 

Eleva en un pedestal otorgándole el rol de ídolo a cualquiera y es capaz de destrozar a quienes fallan (en la misma oración o la siguiente jugada).

Es cierto que alienta incondicionalmente, pero no se hace cargo de que su demanda irracional puede conspirar contra el equipo.

Dispone de la palabra «fracaso» atorada en la garganta, por las dudas de tener que recurrir a ella.

Critica despiadadamente cada pase mal dado u ocasión desperdiciada, sentenciando con la comodidad de observar desde la tribuna o el confort casero del sillón. 

Juzga con el diario del lunes, puntilloso para señalar los errores cometidos pero nunca con criterio de anticipación.

Está más pendiente de la desgracia ajena que del logro propio.

Con sentido clasista y estigmatizante, pone bajo la lupa al representante que dio máximas alegrías, surgido de un lugar humilde y postergado, afirmando que «no está preparado», pero nunca ha hecho lo propio con autoridades eternizadas en el poder, siendo también las mismas que vaciaron la Argentina.

Tiene la particularidad de ver el vaso siempre vacío, aunque su club haya salido campeón consecutivamente en cada año desde 2017 a la fecha.

Pasa del «somos candidatos y en la final jugaríamos contra…» al «que se vayan todos», de un momento a otro.

Más que perspectivas meramente futboleras, se trata de una actitud ante la vida, como si las frustraciones personales hicieran eclosión por otra vía.

En diciembre próximo se cumplen tres décadas del torneo que consagró a Boca campeón del Apertura 1992, tras 11 largos años de sequía, el período de su historia más extenso sin sonrisas.

Al fervoroso fan que sólo festeja si se gana la Libertadores -volviéndose así tan desmemoriado como inconformista-, ha de recordársele que no siempre comimos caviar y que, en muchas ocasiones, ni siquiera nos alcanzaba para hacer puchero.


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