Entre ella y el mar

La imagen poética del mar tiene una fuerza desbordante.

Por momentos es de tan grande magnitud que parece una entidad superdotada de energía sobrenatural.

Ninguna descripción alcanza para dar cuenta de él.

La experiencia a través de los sentidos es intransferible y lleva consigo un misterio que sobrepasa la capacidad cognitiva de una sola persona.

Más que el carácter del agua -salada y no dulce-, las diferencias con el río pasan por otro lado: el mar comunica continentes, puede tener algo de bravura y hasta los antiguos griegos lo consagraron deidad tan imperfecta como vulnerable.

Por momentos, todo lo que puede decirse acerca de él también es susceptible de aplicar a una pareja.

La vivencia del amor en paralelo al sendero de los mares muestra un terreno sinuoso, siempre al borde de la orilla, con la espuma de las olas besando la base de los pies y arrasando sin dejar huellas perdidas; así, emular a Hanzel y Gretel perdería toda pretensión de regreso hacia el origen.

Sin embargo, a veces sucede como Ciro al cantar Civilización para Los Piojos: si han de llegar turbulentas aguas que separen «al mundo en dos / quisiera quedar del mismo / lado, nena, con vos».

La cuestión es si a esa cita falta alguien: o ella o el mar.

Peor sería el escenario de una triple ausencia, porque sin ambos al costado del camino, el riesgo es desgarrarse por dentro hasta que se consuma el aliento vital del propio fuego.


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