¿En qué momento el deporte deja de ser un entretenimiento?

En la Antigua Grecia, el ocio cumplía un rol fundamental por ser una instancia que permitía la búsqueda de la sabiduría y el aprendizaje de virtudes.

Por tal motivo, desde el 776 a.C. se celebraban competencias deportivas (prácticas como el salto en largo y alto, la carrera, el lanzamiento de disco, entre otras) en la región de Olimpia, cercana a la península del Peloponeso. Cuando acontecía, cesaban los conflictos. Era un tiempo de reflexión, paz y culto a los dioses.

Hacia finales del siglo XIX, aquella iniciativa tuvo su relanzamiento con los Juegos Olímpicos de la era moderna. Hacia 1896, Atenas fue la sede que los organizó por primera vez.

Más de cien años después, el escenario es diametralmente opuesto: el ocio cede ante el neg-ocio (negación de cierta libertad) y los dioses brillan por su ausencia, siendo reemplazados por los ídolos o héroes.

La superprofesionalización del deporte impacta en diversos ámbitos, aunque la cultura del olimpismo todavía presenta escenarios que salen al rescate de lo que podría denominarse espíritu amateur.

Cuando era niña, Delfina Pignatiello supo que quería honrar su nombre y se zambulló a las aguas. Brilló como una promesa de la natación, ganando medallas y destacándose en competencias, con el agregado de hacerse camino casi en soledad, sin una infraestructura que la acompañara. (Todavía resultan conmovedoras sus imágenes durante la pandemia, mientras entrenaba en una pileta casera, de no más de 10 metros de longitud).

En desventaja llegó a los Juegos Olímpicos de Tokio 2021, donde su performance no se correspondió con sus antecedentes. La crueldad de las redes sociales, a través de personas con prosa atolondrada e impulsiva, expuso su vulnerabilidad.

Por estas horas, Delfina anunció que se encuentra dando otros caminos en su vida, encargándose de aclarar que lo suyo no se trata de un retiro sino de una pausa cuya duración aún desconoce. Al mismo tiempo se preguntó por las exigencias de personas que dependen de una actuación sobresaliente y ajena para ser felices, cuestionando la legitimidad de quienes reclaman la condena al éxito.

Ante esta situación, hay una pregunta que se impone: ¿Para quién compite un atleta de alto rendimiento?

Mientras se viralizaba una nueva intervención desde la cuenta oficial de la nadadora, las tenistas Gabriela Sabatini y Gisela Dulko sonreían mutuamente al culminar su interesante desempeño como leyendas de Roland Garros, emblemático circuito parisino.

Ambas se habían retirado muy jóvenes de la actividad profesional; y el caso de Gaby -quien hoy transita esplendorosos 52 años- es particular porque duplica en edad el momento de su adiós en 1996. Por aquel entonces, admitía que ya no disfrutaba con la raqueta, abandonando una actividad que ejercitaba desde que había comenzado la escuela primaria.

Estas referencias son pertinentes para asociarlas con otros dos protagonistas: la gimnasta Simone Biles (25) vio afectada su salud mental en un momento cumbre de su carrera, confesó el año pasado sufrir trastornos de ansiedad que afectaban su rendimiento en la máxima competencia; y el legendario basquetbolista Michael Jordan (59), quien en 1993 dejó por unos años la élite porque no estaba en condiciones de soportar tantas presiones, situación agravada por la muerte de su padre.

En todos ellos se pone en juego la dicotomía placer-dolor. Gozan pero sufren, ríen pero lloran, suspiran pero se ahogan.

Tres deportistas argentinas y dos de Estados Unidos de Norteamérica. Países e idiosincrasias diferentes.

¿Quién contiene su vulnerabilidad?

¿Cómo se preparan para hacerse fuertes?

¿Cuál es el origen más profundo de la presión?

Puede que habite en cada atleta mencionado un contrincante interno. No ya el rival de turno, ni los fans, ni los sponsors que oportunamente fagocitan a los protagonistas, sino la propia sombra.

El sólo hecho de imaginar que toda esa actividad nacida en la infancia deviene un padecer, atenta contra subjetividades no acostumbradas a que el costado lúdico de su vida se haya convertido en un trabajo.

Reconciliarse con lo más lindo de sus días es añorar aquello que cada tanto circula por allí: el hecho de ser feliz sin darse cuenta.


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