¿Qué es el tiempo?

«Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente».

La brillante explicación es atribuida a San Agustín (354-430 EC), uno de los más destacados filósofos de la Edad Media.

Sus palabras vienen a expresar una versión mejorada de la postulada por el también filósofo Aristóteles (384 a.C.- 322 a.C.), quien en la Antigua Grecia caracterizó al tiempo como «el número del movimiento según el antes y el después»; es decir, un unidad de medida capaz de detectar cambios en el alma a través de alguna afección emocional. Esa afirmación está emparentada con la mitología y el dios Cronos, raíz que implica sucesión (de allí, «cronología»).

Si bien, etimológicamente hablando, el vocablo tiempo deriva del latín tempus, temporis -que remite a «instante» o «momento»-, existe una problemática gnoseológica con rasgos metafísicos que ha atravesado el curso de los siglos.

No obstante, en la diversidad de sus acepciones, habría una transformación que el intelectual argentino José Pablo Feinmann (1943-2021) relaciona con la llegada de Colón a América. El autor dice que ese acontecimiento marca un hito en la historia, pues desde entonces el ser humano comienza a ser protagonista de ella y desplaza la quietud contemplativa que durante aproximadamente mil años se expandió con Dios como epicentro de la religión cristiana.

Para Feinmann, en la secuencia conformada por el Renacimiento, la colonización y el cogito de Descartes («pienso, luego existo»), da comienzo el capitalismo, un sistema económico basado en la mayor producción durante el menor tiempo posible.

En ese sentido, la metáfora del ferrocarril uniendo distancias a gran velocidad habría sido clave para el surgimiento del cine (del griego kinesis, que significa «movimiento») a finales del siglo XIX. De hecho, la sucesión de imágenes repentinas no le daría margen al ojo para que detecte la figuración de la forma.

La Teoría de la Relatividad de Albert Einstein en 1915 reveló, al menos mediante conceptos, ideas rápidamente fascinantes para la ciencia-ficción: si alguien que viaja hacia el espacio exterior lo hace a la velocidad de la luz, en el caso de regresar a la Tierra podría tener la misma edad mientras que sus contemporáneos ya no serían tales porque habrían envejecido o incluso muerto.

De todos modos, otra de las rupturas en estas concepciones se da con el auge de las nuevas tecnologías de la información. Lo curioso del caso de Internet es que se puede ser sin necesidad de estar. Cuanto mayor es la velocidad, el espacio tiende a desaparecer. Enviar un mail implica menos que un suspiro. Directamente, es un hecho que sucede sin necesidad de tener lugar.

La cultura occidental consagra a la urgencia como una necesidad vital de la época.

Se celebran récords de maratonistas que vencen marcas en los cien metros.

Hay identificación entre rapidez y dinamismo, en detrimento de la pausa como sinónimo de aburrimiento.

En ese mientras tanto, se busca detener el proceso conducente a la vejez.

La reflexión se anuncia como una actividad contracultural a las tendencias actuales y las urgencias compiten mano a mano con el proceso paulatino de pensar.

Los estudios universitarios son llamados «carreras», una palabra que también está presente en los currículums, esos antecedentes para conseguir trabajo.

Sin embargo, hay una demonización del tiempo.

Cuando alguien está haciendo actividad física, la mente y el cuerpo responden de otra manera al ser estimulados por la aceleración.

Después de todo, no estaría tan mal salir a correr siempre y cuando la mente se libere.

Es verdad que llegar unos minutos tarde a una cita nunca tendrá el mismo valor que el tiempo tiene para la medicina, en que un segundo de demora puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Y aún así, la vida debería ser mucho más simple. El Gordi, uno de los más célebres personajes creados por Héctor Sídoli para la revista Lúpin, mandó una vez este mensaje a sus lectores: «el tiempo no pasa sino que somos nosotros los que pasamos por él».

Foto: Forbes España


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