La Feria del Libro en debate

Después de tres largos años de interrupción por pandemia, la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires vuelve a abrir sus puertas al público: desde el 28 de abril hasta el próximo 16 de mayo tendrá lugar en el predio de La Rural.

El evento nació en 1975 y paulatinamente devino masivo, posicionándose como un clásico suceso de origen local.

Por sus celebraciones han circulado íconos del arte y la cultura, la ciencia y la filosofía; así como también reconocidos exponentes de diversa parte del mundo que han honrado con su presencia un acontecimiento que causa fascinación en el público letrado.

Sin embargo, hay quienes proponen otras miradas que dejan expuestas sus debilidades.

Por caso, el reconocido escritor Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948) fue invitado a la inauguración de la 46ta. Edición, motivo por el cual preparó unas palabras alusivas que, lejos de reivindicarla, despertó su cuestionamiento como pocas personalidades lo hayan hecho alguna vez.

Columnista de Página /12 y autor de obras como Prohibido escupir sangre, Cámara Gesell y Soy la peste (entre otras publicaciones) ejerció la denuncia pública al exponer un conjunto de miserias silenciadas.

Sin vacilar, afirmó que sus declaraciones seguramente no caerían bien en todos los destinarios.

Repudió el poder de quienes detentan el oligopolio del papel: estos grupos hacen que los autores contratados para publicar libros obtengan tan sólo el 10% de las ganancias surgidas del precio de tapa y que las editoriales independientes apenas puedan subsistir para dar necesaria difusión a nuevas voces, justamente, aquellas encargadas de poner en jaque a las hegemonías.

Asimismo, ofreció una serie de razones que puso en la lupa al empresariado organizador de estos negocios disfrazados de fiestas populares. En todo caso, lejos de ser una celebración de la cultura, lo es de las industrias.

Firme en sus argumentaciones y despertando el aplauso de un sector que acordaba con sus dichos, Saccomanno puso de manifiesto que la cultura es un derecho vulnerado y que, en algún punto, los escritores son esclavos de un sistema que también viola sus autonomías.

Mientras cientos de miles de curiosos irán de visita para recorrer los stands durante tres semanas, habrá una élite reducida que solamente se encargará de acumular riquezas bajo el falaz mensaje de una exposición destinada a todas la ciudadanía.

Saccomanno, más allá de incomodar, aceptó el reto que le cabe como intelectual. Quienes lo repudien, deberían saber que ante discursos causantes de rupturas con el status quo, no es sabio matar al mensajero sin mirarse interiormente.

Apropiándose del rol que le da su lugar en la sociedad, no esquivó la chance de visibilizar una situación que debe interpelar al cuerpo colectivo.

Nunca es en vano recordar que consumir y leer libros resulta, hoy más que nunca, un privilegio de esas minorías sometidas a las imposiciones caprichosas del mercado.


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