El valor de cada paso

Quizás no pueda recordar qué hice horas atrás, ayer o hace unos días, pero sí soy capaz de tener muy presente y hasta el detalle todo aquello que viví hace mucho.

Un día como hoy del año pasado me descubro en un mediodía de domingo, atravesando una de las diagonales de la ciudad en el camino de regreso hacia mi hogar.

Yo iba de pie sobre los pedales de mi bicicleta, en una actitud que me remitía a los momentos más lindos de mi vida.

El cielo de la calle estaba cubierto por las hojas amarillas del otoño, que de vereda a vereda obstaculizaban la visión del sol.

Sin embargo, un haz de luz atravesó uno de los intersticios, posándose sobre mí como los reflectores que siguen a los payasos en el circo.

Me sentí iluminado, con esa típica convicción de la certeza incomprobable; el punto de apoyo para modificar el propio mundo.

Venía de compartir una experiencia cultural demasiado significativa, de ésas que calan hondo porque interpelan el inconciente de subjetividades que por alguna razón indescifrable deciden vincularse con la memoria colectiva de su comunidad.

Mis circunstancias tenían ribetes semejantes a los que se cuentan en «Un verano italiano», ese hermoso texto de Eduardo Sacheri que narra la moderada expectativa de un tímido protagonista dispuesto a vencer sus propios obstáculos y fantasmas mientras una motivación lejana oficia como imán para despertarlo del letargo.

En todo ese trayecto le pedí a una fuerza superior que me ayudara. Lo hice en secreto por sentir pudor. Así hasta quebrar el silencio de ese mediodía, susurrando «por favor» en reiteradas oportunidades.

Moví piezas y teclas necesarias para no terminar como Trobiani, la figura que eligió el inspirador de El secreto de sus ojos para comunicar que no siempre la historia es escrita por quienes resultan vencedores.

Entonces, me acordé del portugués Fernando Pessoa, un escritor al que sólo valdría la pena visitar por uno de sus más célebres versos:

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí
todos los sueños del mundo.
.
.
.

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