Somos nuestras heridas

Entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982 transcurrieron 73 días. En ese lapso cayeron 649 combatientes argentinos; y al día de la fecha, contabilizan alrededor de 200 más que fallecieron a causa del dolor, la tristeza, la indignación, el olvido y el daño psicológico que causó el conflicto. Enfermedades como secuelas de la guerra no se pudieron superar; y en el peor de los casos llevó tanto a la locura como el suicidio.

La Guerra de Malvinas fue un crimen de Estado, el último recurso de una Dictadura Militar que estaba en retirada y necesitaba de alguna gesta heroica y patriota para recuperar la legitimidad ante una población que apoyó su llegada al poder en 1976.

En ese afán de poder -y sin medir las consecuencias-, las autoridades enviaron a jóvenes de entre 18 y 20 años de edad, sin preparación ni recursos, a morir. Enfrentar a una potencia como Inglaterra, que construyó su histórica hegemonía en base a guerras, fue un atentado contra la integridad de una patria de por sí postergada y sometida a la esclavitud de los imperialismos.

Las Islas Malvinas -al igual que un sector de la Antártida- forman parte del territorio argentino desde la independencia del país en 1816. Ellas fueron usurpadas el 3 de enero de 1833, cuando las fuerzas británicas desplazaron a la población argentina allí establecida legítimamente. ¿Las razones? Los recursos naturales, las riquezas, la apropiación de una parcela del mundo donde seguir extendiendo sus dominios.

Desde entonces, han sido esquivos los intentos de recuperar la soberanía. Y de hecho, este concepto -Soberanía, dicho así, con mayúscula- se suma a las declaraciones de Memoria, Verdad y Justicia que se han expandido en el país tras las atrocidades del último Golpe de Estado.

Por eso, en 1982, el intento de recuperarlas fue un acto de demagogia imperdonable por parte de los militares, ya que no hubo en esa intencionalidad un genuino acto de dignidad ni de orgullo patrio sino un mezquino gesto de impunidad y negligencia por parte de los más repudiables traidores de la nación.

En la era de los derechos humanos, tan difundidos tras las guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX, resulta llamativo que los organismos internacionales, ávidos de paz y diálogos diplomáticos, no intervengan contra los países más poderosos del planeta que han dividido el mundo entre vencedores y vencidos.

Aun así, lo que más debería preocupar es el conjunto de secuelas de una sociedad como la argentina, que continuamente se enfrenta ante la imposibilidad de superar y resolver sus propios traumas.

Esa categoría denominada pueblo, que reúne el conjunto de voluntades de las mayorías, es lo que ha sostenido de pie la lucha -podríamos llamarle también, «la otra guerra»-, contra el olvido, la indiferencia y el destrato.

Las marchas, las conmemoraciones, las manifestaciones políticas, culturales y coyunturales, siguen dando vida a ese pasado que está muy presente en la memoria colectiva.

Y aunque por momentos sobrevuele un tufillo negacionista, amparado en todos los grupos cómplices de los delitos, somos nuestras propias heridas, acaso la huella que nos une como parte de una misma comunidad.

Aunque todavía indigne, no deja de ser cierto que si hay algo que nos distingue es el dolor del pasado.


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