¿Hay límites para el humor?

Según concepciones que oscilan entre la creencia popular y la certeza de la ciencia, la risa es salud.

Tiene la cualidad de activar respuestas fisiológicas que ayudan a superar enfermedades. En efecto, los payamédicos son aquellos profesionales de la medicina que complementan su labor poniendo en acto otras aptitudes llamadas a despertar anticuerpos en los damnificados.

Sin embargo, desde el punto de vista filosófico, existe una sutil diferencia entre la broma y la burla. Mientras la primera consiste en promover una risa colectiva que, acaso, incorpore en ella al centro de atención que inspiró las carcajadas, la segunda lleva consigo un daño que en mayor o menor medida afecta a un tercero. En otras palabras, en la broma «nos reímos con» y en la burla «nos reímos de».

Uno de los géneros más discutibles es el denominado humor negro, que consiste en generar chistes que invitan a burlarse de situaciones delicadas en torno a distintos tipos de discriminación (étnicas, raciales, religiosas, sexuales, entre otras).

El último domingo 27 de marzo, la pomposa gala de los Premios Óscar presentó, en una nueva ceremonia, a las más grandes figuras del cine industrializado. De Hollywood para el mundo. Otra de las formas imperialistas en que Estados Unidos de Norteamérica impone condiciones de hegemonía cultural.

En ese evento transmitido en simultáneo a millones de personas, las autoridades siempre buscan convocar a un bufón, alguien que de principio a fin se encargue de conducir y humillar a los presentes, amparándose en el ejercicio de un dudoso humor que muchas veces se sospecha de estar guionado aunque se lo haga pasar por espontáneo.

Al presentar una de las nominaciones, el comediante Chris Rock hizo un chiste de mal gusto refiriéndose a la cabeza rapada de la actriz Jada Pinkett, quien afronta la alopecia como una enfermedad autoinmune que de algún modo también pone el acento en los estereotipos de belleza. Al escuchar el comentario de Rock, la mujer hizo un gesto de desaprobación que motivó la decisión violenta de su esposo Will Smith: se acercó al estrado y sin mediar palabras le lanzó una bofetada al comediante, que quedó absorto pero con los suficientes reflejos para intentar sortear un episodio que llamó la atención de propios y extraños.

En este punto es preciso detenerse: un chiste de mal gusto y una reacción intempestiva pueden compartir la cualidad de ser violentos; y, como se sabe, cualquier tipo de violencia -real o simbólica- es condenable.

Lo que sucede es un debate ético: ¿si cualquier expresión se da en el marco de un código de humor debe censurarse?

Podría pensarse que no, dado que el humor es un lenguaje que se circunscribe en el marco de determinadas reglas. Es decir que todo aquello que se pronuncie en nombre del humor sería no estar hablando en serio.

Aun así, la otra mirada es plantear que en tanto un chiste ya produzca daño, entonces el motivo resulta suficiente como para que no se propague en una sala que cuenta con la adulación de quienes obsecuentemente prestan su conformidad, lo cual expone a la persona damnificada a una situación desagradable.

Si el humor es generar una circunstancia inesperada, que cause sorpresa por romper con lo esperable, sus límites deben tenerse en cuenta por lo inconmensurable de los alcances capaz de generar.

¿Qué lleva a alguien a reírse del humor negro? Quizás, no el mensaje en sí mismo sino el atrevimiento de quien ose declarar acerca de un tema tabú para una comunidad. No causa gracia referir despectivamente a los enfermos de cáncer, a los judíos, a los homosexuales o a los negros, sino el hecho de que un sujeto se anime a quebrar las fronteras de conductas socialmente aceptadas.

Sigmund Freud asocia el chiste a una expresión del inconciente que libera las tensiones de una sociedad reprimida y con ansias de transgredir la norma.

Si somos la única especia que se ríe, también nos involucra la deliberación propia de ser sujetos éticos.

Y salvando las distancias, esto también aplicaría a esas personas reprimidas que por intermedio de redes sociales apelan a cobardes ironías, burlándose de otros en busca de legitimar una supuesta rapidez mental e inteligencia capaces de equilibrar las fuerzas ante inseguridades y complejos propios muy difíciles de superar; algo clave para ganar aceptación.

Foto: Clarín


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