La vocación filosófica

¿Qué hace un filósofo?

La respuesta que surge de inmediato parece tan obvia como inconsistente: pensar.

Dicho así, compulsiva y ligeramente, el verbo viene a denunciar una carencia y también una cualidad no muy específica.

Pensar, lo que se dice pensar, podría estar al alcance de cualquier hijo de vecino; con lo cual, se encontraría lejos de ser un atributo propio y exclusivo del filósofo.

Es decir que no hace falta ser filósofo para pensar.

Si te levantás a la mañana y te vestís, vas al baño, te lavás la cara y desayunás, estás pensando en cada una de esas acciones, aunque sea para que no se superpongan, pero no necesariamente llevando a cabo la acción concreta de filosofar.

Parecería, entonces, que ser filósofo implicaría una actividad algo -o bastante- más profunda, pero quienes se involucran de lleno con la disciplina al punto tal de leer muchísimo, estudiar, pasar de nivel y consagrarse en un Doctorado con todos los honores, se atribuyen una erudición tan lejana a la cotidianeidad que hasta sería también inapropiado atribuirles la legitimidad que aquí se busca.

Tampoco sería filósofo el que se sienta en la mesa de un bar y empieza a conectar ideas de vidas ajenas o preocupándose demasiado por sucesos que no tienen tanta importancia.

Los estereotipos ni siquiera ayudan: la figura del filósofo oscila entre caracterizaciones que van desde la arrogancia hasta una persona molesta, delirante o vaga (incluso, sucia o desaliñada; y en el peor de los casos, adicta a los vicios más mundanos).

Personajes animados como el Pitufo Filósofo aparecen como desconectados del resto de la comunidad, con planteos incongruentes y fuera de contexto.

El Merlí de la sería de Netflix es un profesor más hormonal que cerebral.

Si alguien lleva el apodo de «filósofo», no se sabe si es por una suma de virtudes o una suma de defectos.

Lo que pasa es que las representaciones son muy variables desde el comienzo de la historia.

No es lo mismo un Sócrates contestatario, hábil orador que desafiaba a las autoridades en una plaza pública, que un monje al estilo de Tomás de Aquino encerrado entre cuatro paredes y proponiendo razones para demostrar la existencia de Dios, sin darse cuenta que con ese proceder alguien con cierta malicia podría invertirle la búsqueda de su argumento al objetarle que él mismo estaría creando a un Ser Supremo.

Un René Descartes que viaja por el mundo y elabora su gran sistema filosófico se presenta como más cool que un Immanuel Kant aburridísimo y súper voluntarioso -quizás rozando el masoquismo- en el frío de la Europa Oriental, preso de una neurosis que lo llevó a crear un laberinto conceptual del que acaso haya sido el único en poder salir.

Después irrumpe un Karl Marx que creó una escuela de seguidores, con fanáticos o detractores fervorosos, bordeando la ceguera. O un Friedrich Nietzsche demasiado sanguíneo y polémico, ni siquiera al borde de la locura, sino de lleno en ella.

Jean-Paul Sartre y Michel Foucault son más humanos, cercanos al ciudadano medio, por decirlo de algún modo. Rompen con ese universo elitista de las academias y caminan por el barro del Mayo Francés. Quizás sean los que mejor representan esa combinación que oscila entre la academia y el café, algo que en este siglo ofrecen la desfachatez de un showman como Slavoj Zizek o un recatado pero prolífico Byung-Chul Han, con sus publicaciones tan breves y fugaces como así profundas, a la orden del día de lo que la agenda manda.

En esos paradigmas, la mujer filósofa está lamentablemente ausente, al menos en los buscadores de imágenes de Google. Desde el ordenador, las primeras páginas llegan a mostrar una estatua de un tipo apoyando el mentón sobre el puño de una de sus manos antes que el rodete de Simone de Beauvoir, el particular semblante de Hannah Arendt o la tibia sonrisa de Judith Butler.

Argentina muestra la pasión de José Pablo Feinmann -QEPD, pionero y referente-, la intensidad de Tomás Abraham o la desfachatez de Darío Sztajnszrajber, que contrastan con la moderación y la calma discursiva de Diana Cohen Agrest pero no con la irreverencia y el carisma de Esther Díaz.

Con todos estos elementos, la duda sigue vive y de eso se trata la filosofía.

¿Qué hace un filósofo?

Algo de todo lo mencionado anteriormente, pero por sobre todas las cosas anunciarle al entorno más cercano que siempre es posible complicarse un poco más la vida, como si ya no hubiera problemas de sobra.

Foto: Ilustración de Miguel Brieva (Cultura Inquieta)


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