Messi, ¿una luz que se apaga?

La escena trascurre el último domingo 13 de marzo en el Parque de los Príncipes, estadio del Paris Saint Germain.

Los locales reciben la visita del Bourdeaux con la misión de que una nueva victoria siga allanando el camino hacia otro rutinario título de liga.

Es el reencuentro del equipo y la afición tras la estrepitosa e increíble derrota frente a Real Madrid en el Santiago Bernabéu, cuatro días antes, que sepultó las chances de clasificar a Cuartos de Final de esa obsesión llamada Champions League.

El que lleva el balón es Lionel Messi, sobre quien llueve una catarata de silbidos.

Se muestra movedizo y hasta solidario con el colectivo, pero parece ya no ser decisivo.

El frío público francés lo destrata porque la ilusión generada el pasado mes de agosto contrasta con esta decepción que se repite.

A Messi lo recibieron con todos los honores. Tuvo lo que se merece: un trato de estrella. Y la fantasía fue que en esa constelación brillara junto a rutilantes contrataciones como las del defensa Sergio Ramos y el portero Gian Luiggi Donnarumma, quienes se sumarían a Kilian Mbappé y Neymar para alcanzar la cima de Europa.

No obstante, se sabe que ningún conjunto nace Dream Team y que esos vaticinios de grandísimas figuras en un mismo once inicial casi siempre terminan en la nada.

En un puñado de meses se cumplirá el primer -¿y único año?- de Messi jugando en Francia. Hasta ahora, el balance es regular. Pocos goles, pocas asistencias, poca influencia en el juego de un conjunto al que Mauricio Pochettino nunca dotó de identidad.

El rosarino es una sombra de lo que fue y algunas de las explicaciones de su flojo rendimiento podrían sintetizarse en los siguientes motivos:

– No hizo una pretemporada adecuada. Tras obtener la Copa América con la Selección Argentina, Leo se tomó unas largas vacaciones esperando un acuerdo para seguir jugando en Barcelona, algo que finalmente no sucedió.

– Acusó el impacto de una despedida poco menos que humillante del club en el que había jugado toda su vida. En ninguna mente cabía la posibilidad de que el mejor futbolista de la historia del club catalán se fuera dando una conferencia de prensa y derramando lágrimas porque su deseo era seguir vistiendo esos colores. Pero el Barsa es así, una desagradecida trituradora de ídolos que se cobró al máximo de sus exponentes.

– Desde que llegó a París, Messi debió acostumbrarse a una exposición que siempre le resultó incómoda. El período de adaptación -que lógicamente también incluye a su familia- a una nueva ciudad tras 20 años viviendo en otra, seguramente lo afectó. A eso hay que sumarle que durante la primera parte de la temporada estuvo más comprometido jugando para la albiceleste que ofreciendo sus servicios al club dueño de su pase.

– Otra de las razones es que en las Fiestas de Fin de Año, Lionel contrajo Covid-19 y eso le quitó horas de entrenamiento y ritmo de competencia. Esa merma física se vio acentuada al interactuar en otro medio, costándole el uno contra uno frente a rivales -generalmente de origen africano- que promueven el roce y la interrupción del juego.

– La política deportiva del club tampoco fue una red de contención para que un talento como Messi descollara. Los petrodólares de Qatar invirtieron en glorias que no están siendo funcionales a las necesidades de un conjunto con urgencias de brillar. Parte de las complicaciones surgen por no plantar una formación equilibrada. Messi se vio perjudicado porque muchas veces debió retroceder metros en el campo para tener contacto con la pelota y desde allí iniciar ataques para servir a los otros dos delanteros del equipo. Un equipo sin un fuerte mediocampo lo desgastó y le quitó explosión.

Hay algo llamativo que sucede con la carrera de Messi: sin lugar a dudas es un fuera de serie y la crítica especializada por algo lo sienta en la misma mesa que Di Stefano, Pelé, Cruyff y Maradona, los otros reyes del Deporte Rey.

Sin embargo, todo el asombro que causan sus récords, sus Balones de Oro, sus títulos, sus goles y su genialidad, sucumben rápidamente ante algún revés que para muchos pone en duda la valía de un crack que no debiera admitir discusiones.

¿Qué es lo que no convence de Messi?

¿Su carácter?

¿La falta de épica?

¿La ausente rebeldía ante la adversidad?

¿El silencio y rostro cabizbajo cuando la suerte viene esquiva?

¿El pendiente momento de gloria por nunca haber ganado un Mundial siendo figura?

¿No ser Maradona?

¿Jugar en equipos poderosos sin plantearse objetivos más desafiantes para su carrera?

¿Permanecer en cierta zona de confort?

¿No dar señales concretas de querer alguna vez aterrizar en el barro de las canchas argentinas?

A los casi 35 años de edad, lo mejor de Messi ya pasó; pero eso no significa que ya haya ofrecido la totalidad de su repertorio.

Es un futbolista con un profesionalismo ejemplar, sin grandes lesiones y genéticamente apto para el alto rendimiento.

Varios colegas de su edad e incluso mayores que él se encuentran en un tiempo que alarga la carrera de un futbolista.

El problema de base no es ése, sino otro.

Como dijo Jorge Valdano en una reciente entrevista, a Messi se le espera que siga siendo tan extraordinario como cuando tenía 25 años de edad o como durante esa década y media en que se mantuvo como top entre los jugadores más destacados del planeta.

Por delante queda la motivación de lo que muy probablemente sea su último Mundial.

La Selección Argentina de Scaloni es un equipo que lo arropa.

Toda la presión no es de él, sino que se suma como una de las partes para dar sentido al todo.

El PSG aparece en la vida de Messi cuando su gran meta es otra.

Aun así, los impacientes hinchas parisinos, el público futbolero medio y la prensa internacional, deberían tener en cuenta -y por las dudas- que nunca hay que subestimar el corazón de un campeón.


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