La relatividad de la derrota como experiencia filosófica

Hay un hermoso cuento de Eduardo Sacheri titulado «Un verano italiano», cuya trama gira en torno a la épica de la Selección Argentina de fútbol en el Mundial de Italia 1990, aquel del hermoso himno que inmortalizó la cantante Gianna Nannini.

La narración se concentra en las desventuras de Trobbiani, un muchacho de clase media trabajadora que estudia Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires y que se autopercibe como no muy apuesto ni interesante.

La estructura del relato es sencilla pero emotiva. Es la pluma del autor lo que cautiva al retratar -con nostalgias y sin regodeos- la voz de toda una generación que creció bajo el amparo de la primavera democrática de mediados de los 80 y las falsas promesas del primer menenismo.

En ese contexto, el fútbol consagró a figuras que trascendieron al deporte y rápidamente se instalaron en la cultura popular.

Si el Maradona del 86 fue mágico y superpoderoso, el del 90 se convirtió en ícono político, emblema y bandera de los sectores relegados. El mejor Diego fue aquel capaz de brillar con luz propia, pero aún en el barro y los infiernos que por aquel tiempo no estaban en el centro de la escena pública, también supo conectar con aquella entelequia que el peronismo consagró con la denominación de pueblo.

Italia 90 es el heroísmo posmoderno en las manos milagrosas del Vasco Goycochea, un portero del montón que tuvo su momento de gloria gracias a su extraordinaria pericia -por entonces increíble y desconocida- para desviar penales en definiciones a eliminación directa. También, la melena rubia y al viento del Pájaro Caniggia, una flecha veloz que salió de un pequeño pueblo bonaerense y anotó en esa Copa dos de los goles más gritados por los argentinos.

No menor fue el aporte del Doctor Bilardo, un hombre que se graduó de médico mientras era futbolista profesional y que luego encontró su vocación en el oficio de ser entrenador, líder de un grupo al que encauzó detrás de sí a través de un fuerte compromiso colectivo y una fidelidad sin atenuantes por parte de sus dirigidos, que al día de hoy se mantiene. Gran parte de lo que se dice mística, le pertenece.

La gran valía del texto de Sacheri pasa por tener en consideración el espíritu de esa época y contextualizarla en la vida de una persona común que bien podría haber sido cualquiera.

El personaje de Trobiani sigue con muchísima atención el camino de Argentina en el Mundial y sus estados de ánimos van en consonancia con la accidentada, sufrida e intensa actuación del equipo nacional en aquella competencia.

Primero comparte sus pareceres con compañeros de la Facultad, entre quienes se encuentran una joven que despierta sus ilusiones por entonces moderadas. Que su nombre sea Victoria es una figura alegórica por parte del autor, quien juega con su cercanía y lejanía, los riesgos y posibilidades de conquista en paralelo a los triunfos y derrotas de la Selección.

No hay que ser muy audaz para saber cómo termina la historia, pero sí para comprender el trasfondo del mensaje.

Si una de las máximas del bilardismo sostiene que lo único que importa ganar, la tristeza de Trobiani es igual a la de esa multitud que en una fría tarde de julio salió a las calles y llegó hasta la Plaza de Mayo para recibir a la Selección que saludaba desde los balcones de la Casa Rosada.

A veces se gana y otras se pierde.

Algunas personas con poca memoria escupen para arriba cuando las vueltas de la vida juegan de algún modo a su favor y se convierten en resentidos verdugos de destinatarios equivocadamente señalados.

(Allá ellas, con sus miserias a cuestas).

Sin embargo, a muchos nos seguirá pasando lo mismo que a Trobiani, quien supo transformar la derrota y el olvido en una victoria que lo hizo más humano.


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