El último cumpleaños

10 de marzo.

2012.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La escena transcurre en un hospital muy lejos de Trelew.

Durante las horas de la tarde, disimulábamos el silencio.

Desde ese instante, los tiempos de la vida empezaron a correr en cuenta regresiva.

Papá llegaba a los 67 años de edad y ya no festejaría nunca más su aniversario.

Cada momento junto a él podía llegar a ser el último.

Y en esa cruzada contra el tiempo, la única manera de hacer digna la derrota era aprender a estar al día con los afectos.

Después, sólo después, quedarían las imágenes: aquellas guardadas en la retina y otras que aún decoran los álbumes de la familia.

Hubo una época en que uno tomaba fotografías por las dudas, para verlas en alguna otra oportunidad.

Cuando era niño me aterraba la chance de que mis padres se murieran.

Hasta que desde aquella vez más, siendo más grande, el temor se desplazó hacia esas enfermedades que incluso suelen doler más que las partidas mismas.

Hoy le recordé a Dios la presencia de mi viejo. Deseo que esté descansando con esa paz que a veces me es difícil encontrar para mí mismo.

Cuando pienso en él, me conecta la sensación de inmensa gratitud por haberme cuidado, acompañado y enseñado valores. Nada más ni nada menos.


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