Demorarse

No solamente lo decía Eduardo Galeano, sino que también es una idea difundida a modo de sabiduría popular: más que los puertos de salida y de llegada, lo verdaderamente importante es el camino.

Sin embargo, a algunas personas les fastidia el «mientras tanto», ese paréntesis que hay entre un destino y otro. El filósofo griego Aristóteles tendría una explicación para ello al hablar del tránsito que sucede entre la potencia y el acto. Por ejemplo, un trozo de madera sin forma determinada está en potencia para devenir una mesa, el agua en hielo, la harina en torta, y así.

Con los sueños y las realidades podría surgir algo similar. Desde el momento en que nace una expectativa, inmediatamente se encuentra en potencia de concretarse, salvo que lo proyectado sea un delirio sin chances de llevarse a cabo (en todo caso, y a lo sumo, quedará suspendido eternamente en potencia, circunstancia que tal vez aplique a lo que hoy significa hablar de los viajes en el tiempo).

Y en ese inciso sería interesante detenerse.

Es posible que a los mochileros por vocación -si es que realmente existe una denominación así-, el espíritu nómade les dé sentido a su vida. Les gusta viajar más que llegar. En otras palabras, estar en situación de ruta.

En tales experiencias hay un digno gesto que es menester reivindicar porque van a contramano del mundo: al vértigo le oponen paciencia; al sometimiento, libertad; a la exigencia, ocio.

Y es a veces terrible cuando en las grandes metrópolis reina la preocupación un día de semana, con el tránsito colapsado, el reloj corriendo muy ligero, la preocupación por no perder nada en el trayecto y a la vez llegar a tiempo antes de que algún lugar cierre o la amenaza de llegar tarde se materialice en algún enojo o frustración.

Años atrás, en un programa de radio hicieron una reflexión. Uno de los conductores venía hablando de cómo las nuevas generaciones están empecinadas en vivir apuradas a tal punto de importarles poco y nada de lo que sucede alrededor. La historia cerraba con una suerte de moraleja: el pibe que le pide a su padre arribar más rápido en un camino compartido, algún día advertirá -muy probablemente cuando el viejo ya no esté- que la opción de trasladarse demasiado lento era la oportunidad de disfrutarse mutuamente un rato más.

Como diría un tango de Gardel, «que es un soplo la vida, que 20 años no es nada».


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