Leyenda del rock

El Indio Solari llega a los 73 años de edad con una vigencia notabme en su condición de ícono popular.

Es una suerte de sabio de la Antigüedad: combina oratoria, voz, poesía y música. Denuncia de modo coral las injusticias y desazones humanas, se aparece como epifanía en los propios recitales que organiza (a través de una pantalla por su propia enfermedad) y de allí se dirige a su público. Más que devotos o fanáticos, tiene fieles que lo encumbran como un dios pagano garante de la misa ricotera.

Los Rolling Stones no lo deben ni siquiera imaginar: en un país rockero como Argentina hay alguien que mueve más gente que ellos.

Solari es dueño de un estilo influyente, más político que musical.

Tiene cualidades míticas porque ese misterio que rodea a su figura es lo que le ha dado un aura especial.

En una de sus últimas apariciones presenciales ante grandes multitudes, se anunció con una nueva canción que, además de himno, tiene todos los boletos para convertirse en profecía.

Encuentro con un ángel amateur es una bella melodía que también invita a la nostalgia. Estrenada en el recital que su banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado dio vía streaming desde las Ruinas de Epecuén, vislumbra una lenta despedida:

«… Empiezo por el final
Terminaré en el principio
Mis intereses quizás
No fueron saludables
Yo ya no puedo cumplir
Hazañas que prometí
Sólo seguir cantando…»

Y en ese escenario apocalíptico, de escombros que hablan de algo que a pesar de dejar de existir sigue siendo en parte, el Indio oculta en su mirada el dolor por el inexorable paso en el tiempo, una circunstancia un tanto relativa si se tiene en cuenta su legado en el imaginario colectivo: homenajes, esculturas, murales, stencils y tatuajes, además de toda su inconmensurable obra, mantendrán viva su memoria.

El hombre que tiene un año más (o un año menos, según como se asuma) pretende decir adiós de manera silenciosa y ordenada.

De a poco va dando señales, como por ejemplo escribir su propia biografía.

Pero íntimamente debe suponer -y sorprenderse a la vez- por lo que genera en ciertos sectores de la sociedad, pues hay algo en él de carácter supremo e inmortal.

Mientras vibren quienes lo recuerden, habrá motivos para seguir brindando.

Salud y buena vida, crack.


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