Tras los pasos de Boric

Si Chile está despertando desde algunos años, en una circunstancia novedosa para su pasado reciente, es porque el socialismo no está muerto.

Se podrán discutir ideologías, políticas y gestiones de gobierno; pero hay una verdad prácticamente irrefutable: los países periféricos, si quieren hacer frente a las potencias centrales, deben pensar estrategias transformadoras y reaccionarias, no sumisas ni consecuentes con el neoliberalismo, que sólo está al servicio de los más fuertes.

En los últimos cincuenta años, lo peor que le pasó a las naciones de América Latina fue su sometimiento a las dictaduras militares, el capitalismo más salvaje y la intromisión del empresariado mediante la esclavitud al FMI.

Ese combo, tan perverso como dañino, genera desigualdad, exclusión, violencia y vulnerabilidad de los derechos.

La emboscada de 1973 por la que cae Salvador Allende dejó un saldo atroz para el país trasandino: 17 años ininterrumpidos de un terrorismo de Estado comandado por el genocida Augusto Pinochet provoca un derrumbe que necesariamente deja escombros a toda una población que, por miedo o impericia, no logra levantarse.

Si bien es cierto que, en política, la izquierda no es perfecta, tampoco la derecha es bella.

Después de casi medio siglo, Chile está girando hacia otra ideología para dar lugar a nuevas voces y participaciones.

No es el socialismo de Allende.

Tampoco la dictadura de Pinochet.

Ni los partidos de centroizquierda de Bachelet o los de centroderecha de Piñera.

Aquí está emergiendo un nuevo actor social: el movimiento estudiantil, que supo copar las calles en plena tensión social, reclamando por el derecho gratuito de la educación y posteriormente haciendo lo propio contra la suba de impuestos en el transporte público para los sectores postergados, algo que se agudizó durante la pandemia.

Gabriel Boric, abogado por la Universidad de Chile, tiene jóvenes 35 años de edad y una chance única para reposicionar a Chile en la geopolítica mundial: ganó las presidenciales de su país el último domingo, en un hecho tan inédito como revolucionario. Su victoria, seguramente, tendrá réplicas y será imitado en otras naciones.

Después de tres décadas de transición, Chile tiene un dirigente que piensa un modelo de país distinto, enfocado en promesas ambientalistas, descentralización del poder imperial, redistribución de la riqueza, reformas tributarias, mejoras en los sistemas públicos de salud y ampliación de los derechos basados en el paradigma europeo del Estado de Bienestar.

En su triunfo frente al liberal José Antonio Kast hubo dos argumentos de peso para explicar la voluntad popular: la búsqueda de la equidad y la estrategia de alinearse en una posición de centro, moderada entre los extremos; del otro lado, la adhesión al oponente fue su promesa para evitar el caos social.

Con Boric en el poder, América Latina encuentra un fuerte respaldo para seguir actuando en bloque, acaso la única manera de no ser devorado por un imperialismo invisible que tan nocivo ha sido para las mayorías.

López Obrador en México.

Castillo en Perú.

Arce en Bolivia.

¿Fernández en Argentina?

Mientras tanto, en Brasil, Lula Da Silva se prepara para derrocar a Bolsonaro.

El mensaje es claro: los gobiernos de derecha no resolvieron los errores cometidos por la izquierda, con lo cual hay un nuevo retorno a las promesas de un socialismo que debe reinventarse.

A casi veinte años de una realidad similar, la historia vuelve a dar un giro para estar de nuevo en el mismo lugar.

Es entonces que se impone la necesidad de que los pueblos de la Región aprendan a no tropezar con esa misma piedra que separa por una muy delgada línea a la prosperidad de los ocasos.


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