La épica del relato

Hay una inconfundible música en los paisajes del Río de La Plata.

No es la melodía de los pájaros ni las condiciones climáticas que adornan los atardeceres.

Se trata de las transmisiones radiales de fútbol, ese murmullo que suena a cielo abierto, un repiqueteo de la voz que narra acciones susceptibles de despertar el interés de multitudes.

Cuando el fútbol era de los pueblos y no de las empresas, todos los partidos se jugaban simultáneamente los domingos a la hora de la siesta y quienes iban a la cancha llevaban la radio portátil para pegarla a los oídos.

En esa tradición compartida entre Uruguay y Argentina, donde el deporte más universal forma parte de la cultura popular, alguien se destacó por sobre todos hasta alcanzar el Olimpo de los grandes relatores: Víctor Hugo Morales (Cardona, 1947).

Su grandeza puede explicarse a partir de diversas situaciones que lo han encumbrado a la cima.

De gran dicción, acompañó el timbre de su voz con una riqueza de vocabulario que no solamente describía los sucesos más relevantes en cada estadio sino que también los elevaba a otro plano en el que el lenguaje poético completaba lo que el ojo no podía ver.

Se inició en el oficio a los muy tempranos 19 años de edad en su país; y pasó a ser conocido cuando cubrió la campaña del humilde Defensor Sporting que obtuvo el campeonato uruguayo en 1976, primer equipo en quebrar la hegemonía de Peñarol y Nacional.

En tiempos de dictaduras latinoamericanas, el fútbol era un atisbo de rebeldía popular, un mínimo margen de libertad ante tanta desolación que se llevaba vidas y utopías por cumplir.

Por aquel entonces, brillaba en Argentina un referente de los medios que parecía no tener competencia: José María Muñoz (1924-1992), ícono del legendario ciclo La Oral Deportiva por Radio Rivadavia. Conocido como “El relator de América”, su fama se acrecentó al seguir a los equipos argentinos en la Copa Libertadores, donde eran frecuentes animadores. Esos recorridos por Sudamérica lo volvieron referente del medio, una cualidad que se confirmó con los títulos de la Selección Nacional a partir de la década de 1970.

En esa era dorada para el fútbol argentino, un grupo de periodistas de importante trayectoria (Marcelo Araujo, Fernando Niembro, Adrián Paenza) viajó hacia Uruguay para gestionar la incorporación de Víctor Hugo Morales a las radios nacionales.

Su arribo se produjo en 1981 y fue una verdadera revolución, porque el oyente futbolero promedio encontraba una alternativa para algo que se aventuraba como una misión imposible: destronar a Muñoz.

En esa rivalidad de transmisiones, ambos relatores tenían semejanzas y diferencias: mientras compartían la voz de un relato apasionado con el sonido ambiente de las superpobladas tribunas del fútbol local, no tenían un mismo estilo (Muñoz era más directo y simple; Morales, culto y con mayor formación para ejercer el periodismo integral). Además, se posicionaban distinto políticamente: siempre se criticó la cercanía y obsecuencia de José María con el gobierno de facto, perfil distinto a un Víctor Hugo autoproclamado defensor de ideas de izquierda.

Sin embargo, hay un hecho que atraviesa la trayectoria de uno de ellos y es clave para su trascendencia internacional: el vínculo con Diego Armando Maradona.

Morales hace su estreno en Argentina el 22 de febrero de 1981, mismo día del debut de Pelusa en Boca Juniors, con una Bombonera repleta para enfrentar a Talleres de Córdoba por la primera fecha del Torneo Metropolitano.

En dicha ocasión, el Xeneize derrotó a su oponente por 4-1 y Maradona hizo sus dos primeros goles con la casaca del cual fue un ferviente aficionado.

En una de sus anotaciones de penal, Víctor Hugo describió la suavidad del remate de Diego comparándola con una lágrima que se desliza por el rostro hasta dejarse ir.

A los pocos meses, durante una noche lluviosa de abril, ocurre el gol más recordado de Maradona defendiendo los mismos colores, en un superclásico contra River Plate, cuando recibió un centro a la altura del área grande, gambeteó al Pato Fillol y ante el desesperado intento del Conejo Tarantini, la acomodó junto a un palo. “Que sea que sea, que sea… Tá tá tá” fue el vaticinio de Morales.

Víctor Hugo siempre fue excelente, pero es a partir de grandes citas futboleras que su nombre adquiere otra dimensión; básicamente, porque el registro de su voz empieza a calar hondo en la memoria colectiva.

Con el correr de los años, Morales se posicionó mejor en radios importantes para conducir ciclos como Sport 80, brindar una mirada global de los demás equipos del país (aparte de los denominados cinco grandes) y participar de un disputa que dividió para siempre al fútbol argentino: fue defensor de Carlos Salvador Bilardo desde su nombramiento como DT de la Selección Argentina en 1983, momento en que el campeón del mundo en 1986 tuvo una disputa dialéctica e ideológica (nunca saldada) que estalló en los medios y en el público, con su antecesor en el cargo, César Luis Menotti.

Víctor Hugo, ícono del bilardismo, resultó clave para que su cuestionado referente no fuera destituido de la conducción antes del Mundial de México.

Precisamente, México 86 es el evento donde Morales se convierte en leyenda por acompañar con épica y creatividad el legendario gol de Maradona a los ingleses; un relato sublime que cada día es más grande por la repentización para describir una genialidad en tiempo real. La parte más saliente de su narración es la que dice “Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”, que escondía una solapada respuesta a Menotti, quien meses antes de la competencia había declarado que Diego era un “barrilete”, alguien que un día estaba de un lado y al siguiente del otro, en clara alusión a su rol como capitán, designado por Bilardo al asumir, lo cual relegó de ese privilegio Daniel Passarella, ícono del menottismo campeón del mundo en Argentina 1978.

La consagración de Víctor Hugo estuvo acompañada del mejor momento del fútbol argentino. Su prestigio creció a la par del de Maradona. Entre ambos se profesaban mutuos sentimientos de respeto y admiración.

En estos días que se cumplen 40 años de la llegada de Morales a Argentina, vale destacar a un hombre con aciertos y errores; alabado y criticado por sus ideas políticas; hoy algo alejado de los relatos de otras épocas, pero aún vigente en algún que otro partido del dañado fútbol argentino.

Argentina lo reconoce como el más célebre narrador del fútbol de habla hispana, pero en Uruguay quizás quede el sabor agridulce de que la más gloriosa etapa de su trayectoria lo encontró fuera de su tierra.

Aun así, hizo escuela por ser una usina inspiradora de varias generaciones que vieron en él a un payador que embellecía al juego y dotaba de magia todo lo que acontecía entre los protagonistas, el público y la pelota. En tal sentido, también le cabe ser un generador de sueños.

(Publicado en Revista Túnel N° 38, Uruguay, enero-febrero de 2021)

Foto: Tomi Müller


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