De gala

Sobre el final de su carrera, Lionel Messi se muestra como una persona cada vez más madura, consolidada afectivamente como padre de tres niños que tuvo junto con su compañera de vida, alguien a quien conoció en la infancia rosarina y cuya voz prácticamente no se escucha.

Papá Jorge lo ha blindado al convertirse en un agente que casi pierde fuerte con el fisco; y tanto mamá Celia como sus hermanos son actores de reparto para que el genio tenga una personalidad humilde y equilibrada, alejada de los ruidos y enfocada en hacer historia.

Messi edificó una carrera extraordinaria que se destaca por la constancia en la productividad de su juego. Es un futbolista estadístico, que tal vez carezca de épica pero al que le sobran recursos para superar rivales que desde hace una década y media fracasan en sus intentos de neutralizarlo.

Sus registros son de otra época, acumulando récords y títulos con una rutina que no deja de asombrar.

Es una de las principales estrellas de un fútbol moderno que se parece más a las consolas de videogames que a sus versiones artesanales de canchas embarradas y piernas fuertes para ejercer marcajes hombre a hombre, con la complicidad de los árbitros un tanto permisivos.

En la era del marketing, la entrega del Balón de Oro de la prestigiosa revista France Football adquirió, desde hace por lo menos una década, destellos de un glamour propio de los Premios Oscar. Pulga se alzó con su séptimo galardón al jugador del año, aunque hay dos que no lo habría merecido: el de 2010, cuya fija era Andrés Iniesta (cerebro del Barsa de Guardiola y campeón del Mundo con la España de Del Bosque); y el de este año, que dejó con las manos vacías al polaco Robert Lewandowski, un asesino del área cuyos dos últimos años fueron sublimes y que en 2020 se vio privado de recibir su merecido trofeo porque la pandemia suspendió el evento.

De todos modos, ¿alguien imagina que la tradicional publicación con sede en la ciudad de la Torre Eiffel se iba a privar de promocionar a su máximo diamante, habiendo llegado hace pocos meses? No haberlo contemplado sería de ingenuos, más allá de que el 10 tiene siempre argumentos para estar en lo más alto.

El fútbol, gobernado por la lógica empresarial antes que por el público que lo consume, ha perdido alegría y espíritu amateur; aunque vale decir que, en este último aspecto, Leo todavía apuesta por la gloria, vence sus abismos y asume, a su manera, un liderazgo que tanto se le reclamaba. Al cambiar la comodidad de Barcelona por la de Paris, íntimamente sabe que le queda alzar la Copa más preciada con la camiseta de la Selección.

Sus logros tienen semejanzas con los de otros grandes referentes locales (del campo de la ciencia, por ejemplo) que se destacan afuera: son productos de la soledad y de los deseos de triunfar luego de haber sido expulsados del país.

No será ícono político ni social, puede haber algo de él que aún no convenza, pero cabe la pregunta: ¿Messi realmente le debe algo a Argentina?


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