Punto límite

Desde el último domingo 31 de octubre y hasta el viernes 12 noviembre próximo, la ciudad de Glasgow (Escocia) es sede de la 26ta Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, evento cuya primera edición data de 1995, cuando se realizó en Berlín (Alemania) y que para 1998 y 2004 tuvo su lugar en Buenos Aires (Argentina).

El objetivo es claro: conocer más a fondo las dificultades que tiene el planeta para su subsistencia y diseñar estrategias a partir de acuerdos internacionales que eviten males mayores.

Como nunca, la problemática es alarmante.

Si la industrialización del siglo XIX inició un proceso de daño exponencial al ambiente y las guerras mundiales de la centuria pasada marcaron el pulso de la autodestrucción masiva, las últimas décadas muestran un aumento superlativo de la población urbana junto al monopolio de las grandes empresas internacionales, que siguiendo el patrón de sus propios intereses económicos toman decisiones en detrimento del cuidado hacia el propio hábitat.

La emisión de gases, la acumulación de la basura y la contaminación, aceleran el calentamiento global, que surge como consecuencia del debilitamiento de la atmósfera, la capa capaz de cubrir el impacto de la radiación exterior. Asimismo, estos episodios derriten los hielos polares, con el riesgo de alterar el ritmo climático y producir inundaciones, al punto tal de provocar la posible desaparición de archipiélagos y zonas costeras. Todo ello, además, modifica las variaciones del viento, produciéndose así incendios forestales, desaparición de especies animales y profundas alteraciones en los ecosistemas.

Con seguridad, la cumbre de este año tiene una relevancia mayor por el antecedente del Covid-19, aún vigente, que paralizó al planeta en los últimos dos años; con lo cual, las transformaciones proyectadas sufrieron aceleraciones que se preveían más pausadas.

Si bien no está claro el origen de la pandemia actual, una de las hipótesis conduce a ser una derivación del contacto humano con los murciélagos en Asia, algo que pondría en evidencia la intromisión de la vida inteligente en los ambientes naturales.

Con temperaturas (para el frío y el calor) que son récords en distintas partes del mundo desde que se tienen registros oficiales al respecto, la invocación pasa por exigir a los grandes países industrializados medidas que vayan en contra de sus ambiciones económicas, una decisión que parece difícil de llevarse a cabo pero que en principio no daría margen para otra alternativa.

Por su parte, las naciones emergentes o en vías de desarrollo, buscan hacer frente a esta contienda geopolítica ofreciendo invertir en recursos naturales a cambio de ver reducidas sus deudas con el FMI.

El asunto está planteado y no hay chances de retorno.

Para evitar tragedias mayúsculas con miras a 2050, el compromiso debe ser total e innegociable.

Al borde del precipicio, aún queda un suspiro.


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