La voz de una generación

Hay en cada pueblo un sentir que se expresa en formas de ser y pertenecer. Al prolongarse en el tiempo, surge la idiosincrasia, ese rasgo distintivo que permite identificar a la persona en el contexto; o en otras palabras, al individuo como sujeto social.

Tan sólo doce años separan los nacimientos de José Pepe Mujica (1935), Eduardo Galeano (1940) y Oscar Washington Tabárez (1947). La política, la literatura y el fútbol, acaso, permiten explicar qué es Uruguay para sus propios habitantes, los de la Región y el mundo en general.

En ellos acontece la pasión, el compromiso y la vigencia; lograron, a su vez, que el imaginario popular elevara sus nombres a lo más alto. Es decir, existe una trascendencia acompañada de componentes ideológicos y representativos para esa entelequia que el riesgo de generalizar denomina “común de la gente”.

¿Qué otros aspectos comparten el militante político que puso en riesgo su vida y permaneció cautivo poco más de una década; el escritor que ubicó a América Latina en el mapa, desde ideas reaccionarias que aún hoy llaman la atención de las potencias al consolidar el eje en la discusión centro-periferia; y el docente de escuela primaria que nunca perdió la humildad aún en los escenarios más concurridos de la fama?

Son ellos tres referentes de una generación que se pensó en términos colectivos, llegando a ocupar cargos o distinciones sumamente relevantes en cuanto a responsabilidad y honor.

Pepe alcanzó la Presidencia de la Nación a partir del voto popular.

Galeano es un ícono cultural que se ha diversificado en varias dimensiones, reuniendo todas ellas en la de ser un activista por los derechos humanos, la justicia social y las causas solidarias.

Y el Maestro Tabárez conduce los destinos de la Selección Uruguaya de Fútbol desde 2006 hasta la fecha (habiendo hecho lo propio, también, entre 1988 y 1990), un lugar que por su significado guardaría -aunque sea- lejanas semejanzas con las de cualquier Ministerio o Jefatura de Estado.

Daría la sensación de que sus profesiones podrían dialogar entre sí mismas, porque en la política, el arte y el deporte, confluyen aspectos de una misma realidad.

El nostálgico Mujica recuerda su fanatismo por Cerro y la épica del Maracanazo; tiempos en que el fútbol era más juego que mercancía.

El memorioso Galeano viste la casaca de Nacional pero no por eso deja de analizar agudamente el universo que existe más allá de la pelota, destacando virtudes y miserias de protagonistas que pasan de la exclusión al estrellato y de la omnipotencia al olvido.

Y el pedagogo Tabárez gobierna a un grupo de futbolistas con las destrezas que lo han hecho formador de niños en el pasado. Supo devolverle dignidad al equipo de todos. A su llegada, hace ya década y media, la Celeste parecía una escuela abandonada, con vidrios rotos y bancos vacíos, pizarrones sin tizas y patios cubiertos de pastizales tan altos como desprolijos.

Si educar constituye una acción política, dirigir a futbolistas también lo es. En sus mensajes y determinaciones, el Maestro supo unir a la patria con sus representantes en un campo de juego, todos formando parte de un mismo conjunto. La modestia y dignidad del predio en donde se entrena la Selección está pensada para consolidar grupos. Jóvenes millonarios respetan la autoridad de un hombre que predica con el ejemplo.

El espíritu amateur y competitivo dan paso a la ilusión que habita en cada promesa, juvenil o figura consagrada.

Antes de su muerte, la última gran emoción que Galeano –futbolero de pura cepa- ha tenido con el deporte más popular de todos fue a través de la actuación celeste en Sudáfrica 2010.

Como durante cada Copa del Mundo, en la puerta de su casa había colgado un letrero: “Cerrado por fútbol”.

El mítico Eduardo, mientras completaba uno de los últimos capítulos de El fútbol a sol y sombra (un ejemplar que se renovaba de Mundial a Mundial y que llegó a su final para Brasil 2014), habrá podido seguir por TV ese histórico recibimiento de la Celeste en el Palacio Municipal de Montevideo, cuando un emocionado Pepe Mujica -junto a la multitud que colmó las calles- felicitó a toda la delegación por el desempeño en esos acontecimientos tan arraigados en el corazón de las sociedades por las alegrías que se imprimen para siempre en la memoria popular.

Allí, en tal evento, como si fuera Director de Escuela, Tabárez enseñó que el camino es la recompensa, una idea también presente en Galeano, cuando narra que nunca son más importantes los puertos sino más bien los trayectos.

Por tanto, la épica de la victoria para los 4 millones y medio de uruguayos siempre estará dada por su irrenunciable vocación de dignidad y entereza.

(Texto publicado en revista Túnel de Uruguay, N° 36, octubre 2020)


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