La Biblio

Cada vez que voy a la Biblioteca «Del otro lado del árbol» siento una emoción muy especial.

Puedo quedarme mayor o menor tiempo, pero nunca visitarla es una ocasión improvisada.

Generalmente, me preparo en los días previos, sobre todo cuando la semana deviene exigente en cuanto a demandas.

En esos instantes, cerrar los ojos es paradójicamente mirar por dentro. Lo que se dice, imaginar.

Y es entonces que con el sábado a la tarde en el horizonte, existe un sueño.

Como si fuera un regalo.

El premio.

La promesa de un abrazo por haberte portado bien (o al menos intentarlo).

En las últimas semanas empecé a hablar de este espacio en las escuelas donde trabajo, algo que hago desde hace años, tanto en primaria como en secundaria. Niños y adolescentes muestran atención e interés, nunca indiferencia.

Además, por fuera de las instituciones, voy llevando una historia significativa a mis lugares de pertenencia y socializando con personas cercanas la invitación para que siempre se den una vuelta por ese lugar que tiene algo de mágico y maravilloso, pero mucho más de introspectivo.

Me gusta ir, me siento parte.

Me hace creer que siempre es posible percibir más cerca al cielo.

Y por esas cosas de la vida, mientras paseo por Parque Saavedra, puedo darme cuenta de que una de mis misiones en este teatro de ilusiones tal vez sea transitar tardes como las de hoy, viendo cómo se convierten en coloridos esos paisajes que necesitan todavía un poco más para respirar el aire puro de la plenitud.


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