Abrir los ojos

Probablemente, cuando Antoine de Saint-Exupéry puso en voz de El Principito uno de los célebres pasajes de la literatura universal («lo esencial es invisible a los ojos»), haya tenido en cuenta la tragedia de Edipo Rey, mito que enseña a mirar más allá de lo evidente.

En muchas ocasiones, los medios masivos de comunicación van detrás de la primicia, poniendo el eje en el morbo y los escándalos como el que vivió Edipo Rey y no en los efectos emancipadores de afirmaciones como las de El Principito. Ello sucede porque la noticia ha devenido mercancía: ya no importa la verdad ni la credibilidad, sino los impactos derivados del mensaje reproducido a escala exponencial.

Sin embargo, hay sanas excepciones como la acontecida ayer, momento en que el principal periódico de la ciudad de La Plata difundió un llamado a la solidaridad: Facundo, joven de 18 años de edad y estudiante universitario de Ciencias Económicas, necesita dinero con urgencia para una intervención quirúrgica que le permita salvar su visión.

Rápidamente, al al viralizarse el llamado, alguien se comunicó con el diario para comunicar que se haría cargo de los costos del tratamiento.

Luis, un vecino de Berisso, afirmó que lo había conmovido la noticia y que junto a su familia tiene emprendimientos en los que colabora con comedores.

Claudia, madre de Facundo, dio una nota con el medio para expresar toda su emoción e inmensa gratitud.

Personas así hacen pensar que aún con debilidades, hay una sociedad mucho mejor de lo que podría suponer el imaginario colectivo.

No debería omitirse que estos gestos de grandeza por parte de todas las subjetividades involucradas (Facundo, Claudia, Luis) dejan expuestas las falencias de un país cuyas políticas de Estado aún deben fortalecerse a casi cuarenta años de la recuperación de la democracia.

Ninguna familia debería estar sin trabajo ni obra social, casi condenada a no enfermarse nunca y teniendo que recurrir a la buena voluntad de una ciudadanía que a veces, como ayer, tiende una valiosa mano.

Episodios de esta naturaleza invitan a abrir los ojos casi con la misma intensidad que el latir de un corazón.

Foto: El Día


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