Copar las calles

Desde la antigua Atenas, los lugares públicos tienen la huella de ser un espacio en el que se debaten los asuntos de la polis. Allí brilló Sócrates, figura sin igual de una sociedad adelantada a su propio tiempo, hábil orador que solía sacudir las estanterías de la aristocracia y por ese motivo padeció desde la persecución hasta un fallido exilio.

Pueden cambiar los nombres, las épocas, las coordenadas y las causas; pero en esencia subsiste algo inalterable.

En la historia argentina, hay determinados hitos que ponen en evidencia la presencia de lo popular como manifestación masiva.

La primera evocación (aunque luego desmentida porque no hubo tal multitud) podría ser la de aquel 25 de mayo de 1810, cuando los habitantes de Buenos Aires esperaban con ansias novedades favorables que se estaban gestando en la cocina del Cabildo.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que una enorme concurrencia transitara, unida en virtud de una misma causa, por las calles de la ciudad que es capital de la República Argentina. Fue a mediados de la década de 1940, cuando Juan Domingo Perón irrumpe en la política argentina como el político más influyente del siglo XX. Con un liderazgo carismático, entre polémico y personalista, resultó ícono de un fenómeno social sin precedentes y a la vez muy particular porque, con adeptos y detractores, se apropió de la categoría de pueblo dando participación a los sectores relegados del país.

Desde entonces, la Plaza de Mayo (aquella de la Revolución de 1810 y la que cobijó tanto a Madres como Abuelas denunciantes de hijos y nietos desaparecidos) junto al Obelisco (monumento que se erige como epicentro de encuentros con impacto de orden trascendental) se han vuelto espacios recurrentes que dotaron a las calles del sentido de lo popular.

La muerte de Eva Duarte, la asunción de Raúl Alfonsín y el estallido de la crisis de 2001 (cacerolazos incluidos), son algunos ejemplos indicadores del pulso de emociones fuertes, que oscilan entre el llanto, la alegría y la impotencia.

Pero no solamente la agenda política devino motivo de reunión.

El fútbol también hizo lo suyo.

Los grandes triunfos de Argentina en los Mundiales tiñeron de pasión la voz de generaciones con urgencia de gritar su desahogo, como si estuvieran siendo testigos de eventos que jamás volverían a ocurrir.

En el 78, fue la excusa para que los militares hicieran propaganda de una sociedad a la que despreciaban.

En el 90, se recibió a una Selección que resultó valorada, reivindicada y amada con devoción aún en la derrota.

Pero quizás nunca haya habido tanta gente por esos alrededores como en aquella tarde gloriosa del domingo 29 de junio de 1986 y la llegada de los campeones un día después.

¿Qué tuvo de distinto y de comparable con otras fechas?

Quizás, los deseos de sentirse parte de un colectivo en el que se lograba participar auténticamente sin pedir permiso para ser feliz.

La presencia e invocación de un líder carismático, tan gambeteador como astuto declarante ante los poderes enquistados.

Y la ilusión de sentir, aunque sea por un rato, la envidia y admiración de los Dueños del Mundo.


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