La eterna espera

¿En qué momento el mundo se complejizó tanto que el tiempo se convirtió en un bien de consumo? (Habría que agregarle otra cualidad: además devino un recurso no renovable).

Crecimos con la idea de una vida más tranquila y sin tantas novedades.

La televisión cerraba sus transmisiones a la medianoche (y si te perdías un programa era imposible volver a verlo salvo que los canales decidieran emitirlo nuevamente), la radio hacía lo propio dejando un serpenteo en el aire que culminaba a la mañana siguiente cuando alguien tomaba la palabra, y las primicias podían esperar hasta el otro día cuando los periódicos ponían en primera plana una noticia que podía durar un mes entero.

Mandar una carta a otra ciudad implicaba, de por sí, cultivar una doble paciencia: que alguien la recibiera y que a la vez, su respuesta, demorara.

Nos habían dicho que un año de un perro era equivalente a siete de una persona, porque la expectativa de vida rondaba los 70 de edad.

Las chicas a los 15 años ya tomaban importantes decisiones y muchos pibes a los 18 debían hacerse cargo de una familia. Antes de los 30, podían estar casados y con algunos hijos. Si uno mira filmaciones viejas, los jóvenes de ayer tenían aspectos de más grandes, por no decir veteranos.

Los estudios científicos decretaban que lo ideal era dormir 8 horas por día. Es decir, un tercio de existencia. Hoy esa escala se ha invertido: en la generación de las pantallas, se está mucho más tiempo en vigilia (que no es sinónimo de estar despierto).

Y así las cosas, surgen preguntas.

¿Cuánto tiempo de nuestra vida destinamos a formar parte de largas filas para ingresar a un supermercado, una farmacia, un banco, una cancha, un correo o un recital?

¿Cuántos años se nos pasarán esperando que algo importante suceda, que nos reciban un ticket, que nos atiendan y den una respuesta que no está a un clic de distancia en Internet?

¿Cuántas horas estamos envejeciendo en esa insoportable quietud de estar parados varias horas mientras el universo gira a velocidades cada vez más inverosímiles?

¿Cuántos otros pasarán respondiendo encuestas anónimas por teléfono a gente desconocida para informes que nunca alcanzaremos a leer?

¿Cuántas lágrimas derramaremos cuando ya no queden más instantes ni suspiros?

Y pensar que hay gente tan decepcionada que al no esperar nada de nada, se suicida. A todas esas ausencias, el respeto por la paz de su descanso.

Foto: Infobae


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