El otro Pulga

Nació en las primeras horas del Año Nuevo de 1985 en la localidad de Simoca, Tucumán, una provincia que para el pueblo argentino, vale decir, remite a la inmediata asociación con la gesta independentista de 1916.

Humilde y talentoso, este muchacho con rasgos bien norteños y porte de crack, construyó una carrera extraordinaria en nuestro alicaído fútbol nacional; pero durante muchos años pasó desapercibido (por el periodismo, los clubes poderosos del medio local y europeo, así como también la Selección) al no ser oriundo de las grandes capitales.

Luis Miguel Rodríguez, de él se trata, es una genuina consecuencia de la histórica e inagotable cantera de jugadores que riegan de alegría las canchas de la patria. Uno de los contados exponentes por los que, hoy en día, alguien podría llegar a pagar una entrada para verlo. Es de esos artistas capaces de levantar a los espectadores de sus butacas ante un gol, una asistencia, un fino movimiento en una baldosa para dejar desairado a los rivales.

El Pulga embellece el juego, lo hace más atractivo e inteligente.

A los 36 años de edad brilla con la camiseta de Colón de Santa Fe luego de haber hecho lo propio en un largo recorrido por Atlético Tucumán, donde se desempeñó desde las categorías del Ascenso hasta la consolidación en la Primera. Un breve paso por Newell´s Old Boys hace una década viene a confirmar que se trata de un actor de provincia al que los grandes y ombliguistas mega portales porteños llegaron tarde a descubrir (y aun así, siguen mirando de reojo, como si tuviera alguna asignatura pendiente).

Hay un combo que emparenta a este futbolista con otros grandes de décadas pasadas (70s y 80s, especialmente): el perfil bajo, su apego a causas solidarias, la admiración de todas las hinchadas.

A su vez, Rodríguez tiene algo de lo que carecen otras estrellas contemporáneas: el perfume de la tierra propia, el vuelto alto entre la tempestad de un país controversial, la pureza de un amor que no necesita del confort de los millones ni de flashes para ser intenso.

Pulga respira fútbol y es el vecino cercano que el hincha promedio desearía conocer; porque en épocas de burbujas y obligatorios aislamientos, sigue siendo uno de los nuestros.

Ojalá nunca pase a un equipo de los denominados grandes (alpiste, perdiste).

Que tampoco juegue un Mundial.

Y que, mucho menos, forme parte de esa gélida élite a las que accedemos por un plasma.

Pulga Rodríguez agigantará su leyenda a medida que pase el tiempo y será siempre recordado como aquel cuyos sueños no estuvieron construidos por castillos en el aire.


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