En conflicto con las leyes

«¿Y qué querés, si esto es Argentina?».

La pregunta, a modo de resignación, es ampliamente difundida en cada rincón del país.

Nadie la ignora: algunos lamentan ese pronunciamiento, otros lo celebran y hay quienes lo desafían.

En las caracterizaciones sobre el modo de ser del ciudadano promedio, generalmente se impone la personalidad propia del porteño (chabacán, canchero, omnipotente). Le siguen los habitantes de otras grandes metrópolis. Y a mucho menor escala, la idiosincrasia de los pequeños pueblos.

Con los riegos de generalizar, hay una realidad que en mayor o medida se sostiene: la población argentina está en conflicto con las leyes. Por acción u omisión, se resiste a cumplirlas; y tales conductas han devenido regla antes que excepción.

Esta problemática tiene su origen casi desde el mismo inicio de la república como tal; pero ha adquirido otras dimensiones a partir de un episodio insoslayable en la historia de la nación: la última dictadura militar que, tan sangrienta como violenta, generó un necesario cambio de rumbo a partir de la recuperación de la democracia en 1983. Por tanto, las ideas de libertad se expandieron con un fervoroso énfasis que cualquier límite impuesto ha sido identificado como sinónimo de represión.

En esa delgada línea entre libertad y libertinaje transita el grueso de la sociedad que hoy es población activa y que creció con las promesas de la primavera alfonsinista, las impunidad del menemato y las reivindicaciones impulsadas por el kirchnerismo. Todo ello diseñó un confuso escenario de derechos adquiridos que desatendió las obligaciones.

Y aquí está el punto.

El presidente Alberto Fernández anuncia para la próxima semana nuevas y rígidas restricciones para frenar el avance del Covid-19 en el país. Lo hace con anuncios innegociables, permitiendo la circulación entre las 6 de la mañana y las 20 horas, exigiendo a la ciudadanía responsabilidad y compromiso, algo que se deberá cumplir bajo un régimen supervisado por las Fuerzas Federales.

La situación es alarmante porque la ola de casos aumenta exponencialmente cada día, poniéndose en serio riesgo la disponibilidad del sistema sanitario.

Hubo una relajación que se tradujo en reuniones y fiestas clandestinas de más de 10 personas, desatención a uso correcto de barbijos y mascarillas, y masivas movilizaciones hacia destinos turísticos.

En plena crisis, las autoridades decretaron el regreso de las clases presenciales, con lo cual las escuelas comenzaron a ser una fuerte transmisión de contagios. Luego de varias discusiones (entre la presión de los padres para poder hacer sus actividades y que los hijos queden alojados en una suerte de guardería, hasta el reclamo de docente preocupados por estar expuesto a un flujo numeroso de personas donde circula el virus), las aulas vuelven a cerrarse en un giro inesperado que expuso las políticas sostenidas por el Ministro de Educación Nicolás Trotta y la Ministra de Salud Carla Vizzotti.

¿Pero por qué se llega a esta situación?

Año electoral.

Intereses políticos.

Supervivencia económica.

Temor a perder la legitimidad ante habitantes dispuestos a desobedecer ante el trance de la desesperación.

En su libro Una semana de filosofía, el intelectual francés Charles Pépin se pregunta si es necesario respetar siempre las leyes.

Desde un primer momento, podría pensarse que sí, porque ello garantizaría el orden, algo clave para el logro del bien común.

Sin embargo, una exploración algo más profunda dejaría en evidencia que hay ocasiones en que cuando el poder opera en una relación de fuertes y débiles, respetar las leyes podría ser un acto de sumisión que atente contra los derechos.

Los antiguos griegos crearon la democracia como el sistema de gobierno más justo entre todos los posibles.

El cristianismo puso como rector del sistema político y social la figura de Dios, cuyos mandamientos y sagradas escrituras se expandieron en el mundo occidental.

Maquiavelo no tuvo escrúpulos en afirmar que siempre hay un relativismo en esto de acatar o rebelarse, según la conveniencia de quien aspire a ser autoridad.

Hobbes apeló a la figura del Leviatán para explicar que el ser humano es egoísta por naturaleza y, a tal efecto, debe circunscribirse a un monstruo con más fuerza para regir sus propios destinos.

Mientras Hannah Arendt afirmaba que cada pensamiento es político, todas las teorías cayeron cuando dos guerras mundiales sacudieron a la humanidad.

Desde hace poco más de medio siglo, la ONU intenta poner un manto de piedad firmando tratados internacionales que oponga tregua a los deseos bélicos de las potencias. Sin embargo, no pone el mismo entusiasmo a la hora de reclamar la liberación de las patentes para seguir desarrollando vacunas que inmunicen a un planeta que debe permanecer cerrado en sus hogares.

Así las cosas, hay un virus más potente que cualquier líder mundial.

Foto: Última Hora


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