Las apariencias

Tuvo gran repercusión la portada que publicó el semanario estadounidense New Yorker en el último mes de diciembre.

Algunos la describen como una síntesis de la época, en que lo sujetos permanecen conectados sin interrupciones a una pantalla y mostrando en primer plano el mejor perfil posible, aquel que pretende anular la versión menos deseada.

El artista de tapa se llama Adrian Tomine y dibujó a una mujer sola en el caos de su departamento, con dispersas mascotas comiendo de las sobras y rodeadas de objetos descartables, como mascarillas, guantes, alcohol en gel y demás objetos.

En un mínimo espacio, la protagonista interpone un biombo que separa dos ámbitos bien distintos: el de su habitación del resto de su hogar.

Se observan puertas de vacías alacenas semi abiertas y todo un escenario que hablan de la alienación, el desorden y la dejadez.

Sin embargo, hay una excepción.

En el intento por disimular su realidad (¿Frustrada? ¿Disconforme? ¿Insatisfecha?), la mujer se exhibe con el rostro cuidadosamente maquillado, vistiendo una camisa tan pulcra como prolija, y lookeada por unos aros relucientes. Luce impecable ante la mirada ajena, mirando a un cristal que descansa sobre un improvisado sostén de libros. Además, tiene en una de sus manos un martini y en la otra, fuera del alance de la cámara, no descuida su teléfono celular.

Del otro lado del monitor, nadie podría advertir que en la parte inferior de su cuerpo, la dama porta un pantalón corto, liberando sus piernas algo descuidadas y cubriendo sus pies con unas chinelas.

En el Mundo de las Ideas de Platón, toda imitación era un despropósito que invitaba al engaño y como tal debía descartarse. En este caso, hay minuciosamente estudiado un simulacro para confundir al sentido ajeno y que un tercero incurra en el error de tomar la parte por el todo.

René Descartes diría que se debe desconfiar de los sentidos porque tienen la cualidad de confundir.

Más de una persona puede quedar encandilada ante lo que muestra otra, sobrepasando los límites de la mera y necesaria luminosidad. Cuando un foco es muy potente, la vista se vuelve borrosa e imposible.

Desde hace unos años, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han viene insistiendo con la crítica minuciosa a una sociedad que lejos de cuidar su intimidad, la expone. En cierto modo, cabría hablar de «ex-timidad».

Y en ese contemporáneo énfasis (casi desenfrenado) por ser noticia, en cada sujeto habita el deseo de encontrarle algún sentido a un mundo que en la era del Big Data se mide en términos de productividad: ser es la cantidad de likes que sobrevienen a alguna publicación en dispositivos digitales.

Así las cosas, conviene preguntarse: en la urgente sobreexposición de las personas, ¿no sobrevive, paradójicamente, lo que ellas pretenden dejar atrás, sin que se vea?

Como si fuera un proverbio oriental, quizás todo aquello que se muestra es lo que no es y todo aquello que se esconde es lo que aparece.

Foto: New Yorker / Ilustrator: Adrian Tomine


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