Verosimilitud

Hacia finales de la década de 1970, las dos más grandes creaciones del comediante Chespirito (Roberto Gómez Bolaños, 1929-2014) llevaban casi una década causando furor en el público mexicano y de América Latina.

El universo de ambas realizaciones habitaba los extremos de la vulnerabilidad.

El Chavo del Ocho era un niño de bajos recursos, abandonado, travieso y querible que cada tanto se escondía en un barril. Vivía en un conventillo donde cada vecino tenía la carencia de algún familiar: Doña Florinda criaba a su hijo Kico en ausencia de un padre marinero que nunca más volvió; Doña Clotilde era una mujer misteriosa y solitaria; y Don Ramón hacía lo que podía al quedar viudo de la mujer con quien tuvo a su hija Chilindrina.

Por su parte, El Chapulín Colorado vestía el traje de un antihéroe sin ninguna habilidad. No volaba, no peleaba, no hacía justicia. Su torpeza y confusión lo definían. Intentaba pero no podía. Quería pero no sabía.

En pleno auge de su popularidad, el elenco grabó algunos capítulos en las playas de Acapulco, entre la indisimulable curiosidad de turistas que no podían creer lo que veían.

Eran otros tiempos; si se quiere, más artesanales que capitalistas. La distancia entre el artista y el espectador estaba mediada por una cercanía capaz de trascender a la pantalla chica.

Para filmar en exteriores, los actores se movilizaban de un lugar a otro con el vestuario de sus respectivos personajes.

En uno de esos traslados, un niño de la calle subió al bus adonde viajaban los protagonistas.

Hacia el fondo estaba él, mentor de la serie que abraza a toda clase de generaciones desde hace 50 años.

Como si el mundo se hubiera detenido en ese instante, el pequeño se dirigió hacia su figura favorita.

Cara a cara, con los demás intérpretes observando, el más chico tomó la palabra.

-Toma, Chavo. Para que no pases hambre.

El niño le había regalado su tarta de jamón, luego de lo cual volvió tras sus pasos.

Mucho después, Gómez Bolaños contó que la decisión de aceptarle un pan ajeno a quien no tenía para comer era una manera de salvaguardarle la ilusión; acaso, uno de los principales alimentos para transformar al mundo.


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