Ataraxia

Una de las transformaciones más significativas e influyentes de la Revolución Industrial tiene que ver con el tiempo. Más precisamente, su aceleración.

El desarrollo de la tecnología se pensó en términos de productividad: una máquina podría cumplir el objetivo con mayor celeridad que el ser humano.

A finales del siglo XIX, surgió una figura que permitía explicar el fenómeno sin precedentes hasta ese momento en la historia. La velocidad del tren hacía que los paisajes fueran imperceptibles a la vista. Allí, en ese cambio, podía explicarse el paso de la fotografía (imagen detenida) al cine (imagen en movimiento).

Repentinamente, la vida cotidiana comenzó a valerse de otras medidas para situarse en las categorías de espacio y tiempo.

Los medios masivos de comunicación como la prensa, la radio y la TV, impusieron una inmediatez que hacían vibrar las transmisiones: los acontecimientos que sucedían a enormes kilómetros, se encontraban a una página, dial o canal de distancia. Todo ello fue mucho más intenso con la irrupción de Internet, que creció exponencialmente hasta eliminar el espacio. Un mensaje llega al otro lado del mundo con apenas presionar un clic.

Las últimas décadas muestran un mundo convulsionado, con demasiado flujo de novedades. Es tanta la oferta que la vida no alcanza; y si eso pasa, entonces nada satisface el deseo. Por lo tanto, hay riesgos de frustración.

Ese estado de disconformidad permanente causa intolerancia y violencia. No ser dinámico y expeditivo se presenta como un flagelo contracultural a las tendencias actuales.

¿Pero quién apura? ¿Dónde está la premura? ¿A qué se debe tanta urgencia?

Son sumamente nocivos esos estados de conciencia alienados, sometidos a trabajos cuya remuneración no alcanza (el combo es inversamente proporcional: más esfuerzo, menos paga), y sedientos de deseos demasiado pretenciosos (esperar toda la semana, el viernes; todo el mes, algún feriado; todo el año, las vacaciones).

Había una vez un filósofo no tan encumbrado como otros que hoy ilustran la intelectualidad en Occidente. Se llamó Epicuro, vivió en la Antigua Grecia entre el siglo IV y III a. C, y acuñó el término ataraxia, que significa «ausencia de perturbación».

En su escuela denominada El Jardín, por tratarse de un lugar a cielo abierto y agradable a la contemplación, enseñó que la humanidad temía a los dioses, la muerte, el dolor y el fracaso; pero tales miedos podían superarse: los dioses nunca se ocuparían de las miserias personales, la muerte sería el final de todo, el dolor podría soportarse y el fracaso debería relativizarse por ser consecuencia de la falta de autonomía por estar tan pendientes de la expectativa ajena.

Los principios mencionados anteriormente son valiosos; más en esta actualidad, cuando la vida pasa tan o más rápido que esa despersonalización que asoma en las orillas.

Foto: Eyescream Productions


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