No se vuelve

Dicen que del ridículo no hay retorno.

Lo mismo vale para la traición o deslealtad; y la mentira en su máxima expresión.

Hay acciones humanas que separan presencias para nunca más volverse a hallar en el camino.

En ese encuentro y desencuentro de cuerpos sucede la afectación.

Se sabe que existe una muerte última y definitiva.

Pero al mismo tiempo también ocurren otras.

Por acción u omisión, cualquier tipo de infidelidad es un proceder que disminuye al ser humano a una perversa lógica de jugar con fuego mientras se huye del incendio.

¿Qué buscan quienes por querer señalar a un individuo hacen público un pensamiento dedicado a un sólo destinatario?

¿Qué pretenden aquellos que se ponen como ejemplo con la intención de poner en evidencia lo faltante en los demás?

¿Qué sentido tendría dañar al que de por sí ya está disminuido?

Ante esas tensiones busca sobreponerse la subjetividad, mientras en sus cercanías circulan rostros agachados que nunca más tienen la dignidad de mirar frente a frente, respondiendo con evasivas como si nunca nada hubiera sucedido.

Allí persisten, urgentes como esclavos fugitivos que muestran guapeza únicamente al tirar botellas en el mar.

De todo aquello no se vuelve.

Como tampoco del llanto impotente en presencia de quienes, casi por vocación, están destinados nuevamente a defraudar.

Qué distinto sería todo si cada cual tuviera el simple deseo de tan sólo regresar.

Valientes, lo que se dice valientes, son quienes caminan por la vida convencidos de no querer cometer mismos errores.


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