Vulnerables

Como nunca antes en la era de las comunicaciones, el auge de la tecnociencia y los sistemas informáticos, el mundo se detuvo y sus miles de millones de habitantes debieron replegarse para evitar los contagios de un virus mortal que no estaba en los planes ni anticipaciones de nadie.

La problemática fue de tal complejidad que puso en jaque a los principios de la globalización, la economía y el capitalismo en su conjunto; los cuales no eran tan sólidos como se suponían.

Pasará la vida y 2020 será un año tristemente inolvidable, aquel que se recordará por darle entidad a episodios que mucho antes recibían el nombre de pestes o plagas, y que hoy alcanza la dimensión de pandemia al estar sus sociedades fuertemente hiperconectadas.

Se cerraron las fronteras, no hubo recursos ni tiempo material para encontrar la vacuna salvadora, y esta vez, los países más desarrollados no fueron los causantes del deterioro de ese resto de la humanidad siempre relegado a la explotación, la pobreza y el abandono: ellos mismos se encontraron débiles ante el monstruo creado durante un laborioso camino de algunos siglos de historia.

En el ombliguismo universal, si los débiles lloran nunca hay gran interés en su rescate; pero si las grandes potencias sufren, entonces todo el dolor es general.

La maquinaria de la revolución industrial empezó a fallar.

Más ciudadanos, menos espacios.

Mayor consumo, menor cantidad de recursos.

El cambio climático, la superpoblación, el hambre y el hacinamiento, hicieron el resto.

Ante la falta de soluciones, la medida más urgente y eficaz fue el uso y abuso de la mascarilla como dispositivo que pasó de ser estigmatizante (por su connotación de enfermedades o sospechas varias) a devenir un principio de prevención para el cuidado de sí y de los otros.

No obstante, hay en esa utilización (que ya es signo de una nueva era) una amenazante metáfora del aislamiento, un reverencial temor a la presencia ajena y una profunda invitación al individualismo extremo en sociedades ya atomizadas.

Lo cierto es que desde el surgimiento del VIH para acá no se vivían tantos momentos de tensión e incertidumbre, con el agregado de la devastación que arrasa.

Como el enemigo es invisible (del virus se ignora mucho más de lo que se conoce), la peligrosidad pasa a ser el entorno más cercano.

Así las cosas, barajar y dar de nuevo es una ingenua ilusión que ni siquiera puede sostenerse con alcohol en gel.

Para cerrar el calendario y abrir otro almanaque, no alcanza con lavarse obsesivamente las manos; también hay que limpiarse del sucio pesimismo: al 2021 no hay que pedirle demasiado para ser mejor que el triste año a despedir.

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