Pan y queso

Al menos en Argentina, es costumbre que cuando dos equipos se enfrentan en un partido en algún campito, sus capitanes decidan cómo formar sus equipos a partir del método conocido como «pan y queso»: a determinados metros de distancia, cada cual avanza hacia el centro en línea recta, llevando un pie adelante, cuyo talón queda inmediatamente rozando el pie de atrás. Así hasta que uno de los dos pisa el pie del otro y comienza la elección de los participantes intercaladamente.

De forma mucho más sofisticada, los criterios de selección para honrar a alguien que sobresale en determinados rubros podrían seguir análogos procedimientos.

Desde 1956, la prestigiosa revista France Football entrega cada año el Balón de Oro al futbolista más destacado de la temporada.

Hasta 1994, el galardón era exclusivo patrimonio de futbolistas europeos; y al año siguiente se abrió la posibilidad de que lo obtuvieran jugadores de las demás federaciones del planeta.

Sin embargo, el premio no suele salir de figuras que se desempeñan en las grandes ligas de la UEFA (Inglaterra, España, Italia, Alemania).

Las polémicas de la distinción pasan por el criterio de las elecciones. El marketing y la industria global imponen condiciones, de manera que los ganadores son futbolistas decisivos, aquellos que salen en la foto de las victorias en los equipos campeones. Mediocampistas creativos y ofensivos junto a delanteros desequilibrantes y con gol, gobiernan las manos del trofeo. En contadas ocasiones lo han ganado defensas y mucho menos un portero. Para un juego colectivo, la felicitación individual invita al debate.

La pandemia del Covid-19 género una situación inédita en las competencias oficiales. Con pocos meses de disputa, la publicación francesa consideró insuficiente el tiempo para distinguir al mejor de 2020. A cambio, propuso elegir el 11 ideal con los mejores de la historia según la táctica 3-4-3.

La prensa hizo su propio juego y el último lunes 14 de diciembre consagró a las siguientes celebridades: Yashin (URSS); Cafú (Brasil), Beckenbauer (Alemania), Maldini (Italia); Xavi (España), Matthäus (Alemania), Maradona (Argentina), Pelé (Brasil); Messi (Argentina), Ronaldo (Brasil) y Cristiano (Portugal).

Las menciones tienen cierta lógica: premian a representantes de los equipos más emblemáticos (Brasil del 70, Milán de Sacchi, Barcelona de Guardiola, Real Madrid) y a leyendas de los Mundiales (Maradona, Pelé, Beckenbauer y Matthäus); pero pierden credibilidad al omitir a Di Stéfano, el primer rey del juego, y a Cruyff, acaso el protagonista más influyente por participar en dos revoluciones (como jugador en la «Naranja Mecánica» de Holanda 74 y como DT en el Barcelona de los 90).

Los resultados finales permiten, además, realizar otras consideraciones:

  • Argentina es cuna de cracks que son brillantes individualmente, surgidos de condiciones inesperadas y con un destino de lujo.
  • Los brasileños son quienes mejor interpretan este deporte, con futbolistas destacados en todas las líneas.
  • Alemania aporta jugadores polifuncionales y con espíritu de equipo.
  • Maldini representa la excepcionalidad del Milan para Italia: un equipo que jugaba vistoso en un fútbol culturalmente defensivo y táctico.
  • Messi y CR7, únicos en actividad, confirman que son jugadores de época.

Y la moraleja más importante pasa por la certeza de una votación capaz de demostrar que el fútbol es uno de los pocos ámbitos en que Sudamérica puede disputarle algún tipo de hegemonía a Europa.


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